Sus ojos se abrieron con sorpresa al ver el dibujo en la esquina: un corazón anatómicamente correcto, con cada vena, aurícula y ventrículo delineados a la perfección. Una extraña oleada de nervios, mezclada con una profunda ternura, la invadió. Nunca nadie le había regalado algo parecido, y mucho menos con un detalle tan peculiar. «¿Acaso es dibujante?», se preguntó.
Levantó la vista hacia Dylan, sosteniendo el sobre entre sus manos.
—¿Esto es...?
Dylan desvió la mirada hacia la ventana, sintiendo de inmediato que había sido una idea terrible. Se maldijo internamente por ser tan infantil; seguramente ella ahora lo miraba con lástima. Haciendo un esfuerzo monumental por mantener la compostura y fingir una seguridad que no tenía, se obligó a volver a mirarla y sonrió levemente.
—Es una carta para ti. Cuando tengas un tiempo... léela, por favor, y me dices qué opinas.
Zoe asintió, pero la curiosidad pudo más que ella. Con cuidado, rompió el sello del sobre y desdobló la hoja bajo la mirada fija y horrorizada de Dylan, quien sentía que se le iba la vida en cada segundo. Ella comenzó a leer en silencio. Dylan la observaba fijamente, notando cómo sus ojos iban de izquierda a derecha, regresando a veces para releer algunas líneas de la confesión.
De pronto, Zoe se llevó una mano a la frente y soltó una carcajada fuerte, limpia y sonora que retumbó en las paredes de The Daily Blend.
Dylan se quedó mudo, sintiendo que el piso se abría bajo sus pies.
—¡Discúlpame, de verdad, no me estoy burlando de la carta¡ Dijo Zoe entre risas, intentando calmar su risa y recuperar el aire mientras se tapaba la boca. —Es solo que... ¡Dios mío! Todo este tiempo pensé que estabas desempleado. Estaba sumamente nerviosa pensando en cómo ayudarte y cómo ofrecerte el puesto de mesero sin herir tu orgullo.
Dylan parpadeó, completamente estupefacto. Por instinto, se llevó una mano a la nuca, procesando la tremenda confusión mientras una sonrisa avergonzada pero sumamente aliviada aparecía en su rostro.
—Ya veo... Comentó con una risa ronca y bajita. —No tenía idea de que proyectaba esa imagen. Definitivamente voy a tener que empezar a preocuparme un poco más por cómo me veo al salir de la guardia. Qué pena...
Zoe volvió a reír, limpiándose una pequeña lágrima de diversión, mientras miraba al pulcro pero cansado hombre frente a ella. El misterio del "chico de las pantuflas" finalmente se había resuelto de la manera más cálida y divertida posible para ambos.