—Está... muy lindo, Zoe. Logró decir, soltando una risita pequeña que delató su diversión.
Zoe se ruborizó de inmediato, desviando la mirada hacia un lado con timidez y cruzando los brazos.
—Hice lo mejor que pude, ¿de acuerdo? No soy buena dibujando como tú.
Dylan, sintiéndose extrañamente cómodo y feliz, abrió el sobre y comenzó a leer la nota. Conforme sus ojos avanzaban por el papel, sus cejas se elevaron y volvió a mirarla con una mezcla de asombro y diversión genuina.
—Zoe... escribes como un niño chiquito que apenas está aprendiendo a usar el lápiz.
Esta vez, Dylan no pudo contenerse. Dejó salir una carcajada fuerte, limpia y sumamente genuina. Era la primera vez que se reía así en mucho tiempo, no por burla, sino porque la caligrafía de ella le parecía lo más adorable del mundo.
Zoe se puso del color de un tomate maduro. Se giró de golpe para encararlo, fingiendo indignación, aunque sus ojos brillaban de alegría.
—¡Oye! Ya lo sé... No tengo buena letra, está bien. Además, no todos podemos escribir como doctores, que en lugar de un "hola" parece que escribieron "paracetamol" de lo difícil que es leerlo.
Dylan se llevó una mano al estómago, inclinándose hacia adelante mientras la risa le ganaba por completo. Las ocurrencias de Zoe eran el mejor combustible para su alma cansada.
—¿Qué te parece el domingo? —consiguió preguntar Dylan entre jadeos, tratando de recuperar el aire tras la risa.
Zoe lo miró, su sonrisa se suavizo con una calidez hermosa, y le guiñó un ojo.
—Hecho. El domingo a las cinco de la tarde, aquí mismo en el café.