¿después de ti quién?

Capítulo 9: Un aroma a promesas

Dylan entró a su departamento sosteniendo con cuidado la bandeja de comida que la señora Stella Wood le había regalado. En cuanto cerró la puerta, Milo dio un ágil salto desde la cama hacia el piso y corrió a toda velocidad en tres patas para frotarse con entusiasmo contra sus piernas. Dylan sonrió con ternura, balanceó la bandeja en una mano y con la otra cargó al felino, llevándolo consigo hacia la cocina. El lugar estaba sumido en un silencio profundo, un contraste absoluto con el caos del hospital. Solo estaban ellos dos. Dylan dejó a Milo sobre la mesa, caminó hacia el refrigerador y guardó la bandeja para más tarde. Luego, le sirvió su porción de comida a Milo y se quedó a su lado acariciándole el lomo peludo mientras él comía con ganas. —Ya estoy en casa... ¿Me extrañaste? Susurró Dylan con una sonrisa cansada, sintiendo que la tensión de la guardia finalmente abandonaba sus hombros. Cuando Milo terminó de comer, Dylan lo tomó en brazos de nuevo y se trasladaron a la habitación. Se dejó caer en la cama de espaldas, acomodando a Milo contra su pecho y abrazándolo como si fuera un oso de felpa. Milo comenzó a ronronear rítmicamente. —Sabes... Zoe me dijo que sí. Le confesó Dylan en un susurro, mirando al techo. —Me puse muy nervioso, Milo, de verdad no sabía qué hacer. Espero que le agrade la idea de salir con un treintañero a tomar algo... Se pasó la mano libre por la cara, soltando un suspiro que era mitad cansancio y mitad pura ilusión. —Se miraba tan bonita hoy. Y su letra... Suelta una risita ronca. —Es una letra muy peculiar, pero hermosa. Estiró el brazo hacia su maletín y sacó la nota de Zoe y la sostuvo frente a él. Milo, siendo curioso, estiró el cuello para olfatear el papel, dejando escapar un maullido suave antes de volver a acurrucarse. —Lo hueles, ¿verdad? Huele a ella... a canela y a granos de café. Dylan volvió a leer las líneas donde ella aceptaba la cita y añadía, en tono de broma, que para la próxima vez Dylan intentara dibujarle un cerebro para aprenderse todas las partes. El médico rio de nuevo, una risa limpia y suave escapó de él, y se presionó la carta contra el pecho. —Esta vez lo haré bien, Milo. Lo prometo. No será como las otras veces. No voy a descuidarlo. El gato maulló bajito, como si estuviera sellando el juramento que él le acaba de decir. Dylan se quedó flotando en sus pensamientos un rato más. «¿Le gustará la comida italiana? Me gustaría mucho llevarla a ese restaurante del centro...», se planeó mentalmente antes de que el hambre lo obligara a levantarse. Fue a la cocina, sacó la bandeja de la señora Wood, la calentó y le dio el primer bocado. Dylan se quedó petrificado por un segundo. Una sonrisa tímida y nostálgica apareció en sus labios.

—Sabe... a hogar. Dijo para sí mismo, saboreando la sazón casero que tanto le hacía falta en sus largas noches de hospital y en su propio hogar. Siguió comiendo con calma, y cuando Milo se subió a la mesa reclamando su parte, Dylan no pudo resistirse y le compartió un trocito de carne sobre una servilleta. Mientras tanto, en The Daily Blend, la jornada transcurría a un ritmo acelerado. Zoe se movía con agilidad detrás de la barra, atendiendo una fila constante de pedidos exigentes. Sin embargo, su mente estaba en otra parte. Mientras vaporizaba la leche para un capuchino, una sonrisa divertida se dibujó en su rostro. «Es un tontito... pero es tan agradable», pensó, recordando la cara de pánico de Dylan cuando la invitó a salir. Le entregó el café al cliente en turno, intercambiando un saludo cortés, y regresó de inmediato a sus pensamientos, sintiendo de repente que las mejillas le ardían ligeramente. «¿De verdad tengo tan mala letra? ¡Ay, no, qué pena!». Se tapó la cara un segundo con el paño de limpieza, avergonzada por el comentario de Dylan, pero el sentimiento de vergüenza no tardó en transformarse en una oleada de orgullo. «Bueno, ya ni modo... al menos lo hice reír», se consoló a sí misma, retomando sus labores con renovada energía. «Él siempre está tan serio o tan tímido cuando entra por esa puerta. Así que, técnicamente, gané». Zoe acomodó la última taza del mostrador con una sensación de cálida expectativa. El domingo todavía se sentía un poco lejano, pero por primera vez en mucho tiempo, tenía un motivo divertido para desear que los días pasaran rápido.




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