Los días posteriores transcurrieron con una lentitud casi desesperante para Dylan, aunque se obligó a mantener la mente fría y concentrada. En su profesión, un segundo de distracción podía costarle una vida en sus manos, así que el hospital seguía siendo su prioridad absoluta. Mientras tanto, en The Daily Blend, Zoe continuaba repartiendo sonrisas cálidas y amabilidad a cada cliente, a pesar de terminar sus jornadas con el cuerpo agotado. Ambos habitaban mundos distintos que, inevitablemente, contaban las horas para cruzarse, y pasar el fin de semana juntos para conocerse mejor.
La madrugada del domingo encontró a Dylan terminando un turno especialmente demandante. Ese día ni siquiera había podido tomar sus acostumbrados veinte minutos de siesta diaria; se mantenía en pie por pura fuerza de voluntad, y barritas de granola. Mientras caminaba por la recepción del hospital hacia los vestidores para cambiarse, una de las enfermeras levantó la vista del mostrador y le sonrió con dulzura.
—¿Ya se va a casa, doctor Collins?
Dylan, que ya se estaba acomodando el abrigo largo sobre los hombros, asintió con un gesto educado y gentil.
—Sí, así es, por fin terminé mi turno. Tengo varias cosas que hacer hoy. Respondió con su habitual tono pausado.
La enfermera se levantó de su asiento y caminó unos pasos hacia él, cruzando los brazos con una ligera risita.
—Bueno, debería ir directo a la cama. Parece un fantasma con profesión, doctor Collins. Debería descansar.
—No se preocupe, planeo descansar en algún momento. Le dijo él, regalándole una sonrisa educada. —Que tenga una buena jornada, señorita Lara.
La mujer negó con la cabeza, sonriendo con timidez mientras entrelazaba sus manos detrás de la espalda. —Puede llamarme Emma, doctor Collins. Nos conocemos desde hace cinco años. Respondió Emma, dando un paso sutil al frente. —Sabe… estaba pensando que, tal vez, si tiene libre el próximo domingo, podríamos salir a tomar algo juntos.
Dylan mantuvo su eterna sonrisa y distancia profesional, sin perder ni un poco de cortesía, pero dejando en claro sus límites. Se llevó una mano a la nuca, un gesto que delató su timidez innata fuera del quirófano.
—Entiendo… la llamaré Emma si así lo desea. Y le agradezco mucho la invitación, pero sinceramente tengo la agenda ocupada. Además, el próximo fin de semana nos darán una charla médica obligatoria en el hospital. Quizás en otra ocasión.