El reloj en la pared de The Daily Blend marcaba las cinco de la tarde en punto. El sol comenzaba a bajar suavemente, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados, y la luz del día se volvía más tenue. Afuera del local, Dylan Collins se acomodaba el cabello por cuarta vez consecutiva, moviéndose de un lado a otro sobre sus propios pies debido a un nerviosismo que amenazaba con desbordarse. «¿Me veo bien? ¿Y si exageré con el atuendo?», se cuestionaba en silencio, buscando recuperar la calma. «No, Milo lo eligió. Debo confiar en su criterio», se consoló, mirando su reloj de pulsera.
Eran las 5:06 p. m. Cuando Zoe apareció al final de la calle.
Llevaba el vestido azul marino que hacía resaltar su cabello oscuro, y aunque usaba tacones altos, apenas lograba llegarle a Dylan a la altura del hombro. En cuanto cruzaron miradas, el mundo pareció detenerse para ambos, desatando reacciones completamente distintas. A Dylan se le cortó la respiración por completo; verla así, radiante y hermosa, hacía que cualquier adjetivo se quedara corto. Sintió que el corazón le latía con una violencia inusual y que las piernas le flaqueaban. Haciendo un esfuerzo monumental por mantener su habitual seriedad y gentileza, le dedicó una sonrisa tímida.
—Té… te ves muy hermosa. Consiguió decir, aclarándose la garganta de inmediato. —Quiero decir… te ves bien. Bien y hermosa, pero… bueno, he…
Se trabó por completo, perdiendo el hilo de sus propias palabras. Con un movimiento un tanto torpe, pero profundamente reverente, le extendió el enorme ramo que sostenía.
—Esto es para ti… No sabía qué tipo de flores te gustaban, así que… decidí traerte de todas. Admitió, desviando la mirada hacia el suelo con las mejillas encendidas.
Zoe tomó el ramo, sintiendo que el rostro le ardía de la vergüenza. El Dylan que tenía enfrente se miraba guapísimo, elegante y sumamente pulcro, contrastando drásticamente con la imagen mental que ella tenía del hombre en ropa holgada y pantuflas de hospital. «¡Lo sabía!», se maldijo Zoe internamente, entrando en pánico. «Tenía que haber usado un vestido más elegante. ¡Me veo ridícula y fuera de lugar! Qué gran vergüenza».
A pesar del torbellino interno, guardó la compostura y le regaló una sonrisa dulce.
—Gracias, Dylan… Susurró con timidez. —Nunca antes me habían regalado un arcoíris de flores. Ambos se quedaron de pie en la acera, envueltos en un silencio un tanto incómodo, pero profundamente tierno, sin saber muy bien qué decir. Zoe le dio una mirada fugaz de pies a cabeza. «Qué pena con mi ropa, pero la verdad no me sorprende que tenga a tantas chicas detrás de él», pensó. Dylan, armándose de valor, rompió el hielo con una formalidad encantadora.