—Zoe… ¿Me harías el honor de acompañarme? Tenemos una reservación en el restaurante italiano del centro.
Zoe se ruborizó por completo y asintió. Él le ofreció el brazo con naturalidad para que se apoyara en él. Al entrelazar sus brazos, Zoe no pudo evitar que un pensamiento cruzara su mente: «¡Parecemos una pareja de verdad!».
Dylan la guio hasta su auto, abriéndole la puerta de forma caballerosa y ayudándola a subir antes de dar la vuelta para ocupar el asiento del conductor. Durante los primeros minutos del trayecto, el silencio regresó y ninguno se atrevía a mirarse directamente a la cara, hasta que Zoe decidió tomar la iniciativa con una risita suave.
—Esto… me parece un poco surrealista, ¿sabes? Antes pensaba que no tenías empleo y mi plan era ayudarte a conseguir uno en el café… Pero resulta que tienes trabajo y hasta auto propio.
Dylan sonrió con total gentileza y seguridad, divertido por el recuerdo.
—Bueno… tampoco es que mi apariencia de las mañanas me ayudara mucho. No te culpo en absoluto, pero gracias a ese malentendido nos conocimos, ¿no crees?
Zoe asintió, sintiendo cómo la tensión abandonaba finalmente sus hombros. La conversación comenzó a fluir de manera más cómoda y relajada. Al llegar al restaurante, Dylan repitió sus atenciones: la ayudó a bajar del vehículo y caminaron juntos, con ella sosteniendo su brazo, hasta que los guiaron a una mesa especial que él había reservado con meticulosa anticipación. Con suavidad, él le jaló la silla para que se sentara y la acomodó de forma impecable.
Zoe parpadeó sorprendida al notar que, en lugar de la clásica botella de vino que se estilaba en esos lugares, el mesero les sirvió copas de jugo natural. «¿No bebe?», se preguntó a sí misma. «Es la primera vez que salgo con un hombre que no pide vino en una cena».
Dylan tomó su vaso, dio un sorbo corto y sonrió de manera pausada.
—¿Te gusta el sitio? Escuché excelentes comentarios sobre su comida y quería que la probáramos juntos.
—Es un lugar precioso, Dylan… Gracias. Respondió ella, acomodándose en la silla y apoyando los brazos sobre la mesa para acortar la distancia. —Oye, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Claro. Asintió él con entusiasmo. —Responderé a cualquier cosa que quieras saber de mí. Al darse cuenta de lo directo que había sonado, volvió a desviar la mirada, ligeramente ruborizado.
Zoe sonrió, divirtiéndose con sus reacciones.
—¿Tú bebes?