La pregunta flotó en el aire por un instante. Dylan parpadeó, procesando las palabras en su mente. «¿Beber? ¿Beber qué cosa? ¿Es una pregunta con doble sentido? No entiendo a qué se refiere». Se rascó la mejilla con timidez, completamente confundido.
—Eh... bueno, sí. Bebo muchísimo café.
Zoe no pudo contenerse y soltó una carcajada limpia. Se tapó la boca rápidamente al recordar que estaban en un lugar elegante y miró a su alrededor de reojo; efectivamente, un par de comensales en las mesas vecinas la miraron raro. Se aclaró la garganta, tratando de recuperar la compostura, aunque mantenía una risita baja.
—Hablo de alcohol, Dylan.
El médico sintió un impulso casi irresistible de pegarse en la frente con la mano por haber sido tan despistado y tonto. Era obvio que se refería a eso.
—Ah... no. En realidad, aunque cueste creerlo, nunca he probado el alcohol en toda mi vida. Confesó con una sonrisa tímida. —Además, mi profesión tampoco me lo permitiría, aunque quisiera. Así que estoy bien así.
Zoe sintió que un calorcito sumamente reconfortante le inundaba el pecho.
—No bebes... Eso es muy lindo y bueno de saber, la verdad. Admitió con total sinceridad.
El mesero regresó y ambos pidieron el mismo platillo: espagueti italiano. Se rieron un poco de su propia falta de originalidad al ordenar, dado que el menú tenía una gran variedad de opciones. Una vez que quedaron solos de nuevo, Zoe soltó un suspiro de satisfacción.
—Hasta ahora me la he pasado increíble y solo llevamos media hora juntos. Eso es una buena señal, significa que somos buenos amigos y nos entendemos de maravilla.
Dylan se acomodó en su asiento, mirándola con una fijeza pacífica.
—Sí. Me agrada muchísimo hablar y pasar el tiempo contigo, Zoe.
—Y dime, Dylan. Añadió ella con un guiño coqueto. —¿cuál es tu profesión exactamente? Nunca me lo dijiste en el café.
Dylan pensó por un segundo. «¿Nunca se lo dije? Pensé que sí...». La miró con total calma, respondiendo con la seguridad de quien no tiene nada que ocultar:
—Soy cirujano cardiovascular.
Zoe, que en ese preciso instante estaba dando un trago a su jugo, abrió los ojos de par en par. El líquido salió expulsado de su boca en un reflejo incontrolable, impactando de lleno en el rostro pulcro de Dylan.
Zoe comenzó a toser de forma errática, ahogándose por la sorpresa. Dylan, lejos de molestarse o quejarse por tener el rostro empapado en jugo, se levantó de inmediato de su silla, completamente alarmado y nervioso por el estado de ella. Tomó una servilleta y comenzó a darle palmaditas suaves en la espalda para ayudarla a respirar.
—¡¿Zoe?! ¡¿Te encuentras bien?! ¡¿Qué pasó?! Preguntaba angustiado. —¿Dije algo malo?
Zoe intentaba recuperar el aire, mirándolo con una incredulidad absoluta. En toda su vida jamás se habría imaginado que el "pobre desempleado" de las pantuflas fuera médico, y mucho menos uno con semejante especialidad. Lo observó con los ojos abiertos de par en par, consciente de que, a partir de ese vergonzoso y salpicado segundo, todo estaba a punto de cambiar radicalmente entre los dos.