¿después de ti quién?

Capítulo 12-1: Promesas y espías en la ventana

Dylan, con el corazón en un hilo, continuó dándole palmaditas suaves en la espalda a Zoe hasta que ella finalmente logró inhalar profundo y exhalar, recuperando el ritmo de su respiración. El médico regresó a su asiento y tomó un par de servilletas; una se la entregó a Zoe y con la otra procedió a limpiarse el rostro con total tranquilidad. Su camisa blanca estaba completamente estropeada por las manchas de jugo, pero en lo que menos pensaba en ese momento era en su ropa. La miró con timidez, verdaderamente preocupado.

​—Zoe... ¿Ya te sientes mejor?

​Zoe asintió, secándose los labios, todavía con las mejillas encendidas.

​—Discúlpame, de verdad no quise ser grosera... Admitió, muerta de la vergüenza al ver el desastre que había provocado. —Lo lamento tanto. Me llevaré tu camisa a una tintorería, no fue intencional. Es solo que... me tomó por sorpresa.

​Lo miró con angustia, pero Dylan simplemente bajó la vista hacia su pecho, se abotonó el saco oscuro para ocultar la mancha y, con una calma infinita y ni una sola pizca de enojo, le dedicó una sonrisa reconfortante.

​—Tranquila, solo es ropa, Zoe... Se puede lavar. Lo único importante aquí es que tú estés bien y no te hayas lastimado.

​Zoe abrió los ojos de par en par y sintió un vuelco violento en el pecho. «No se enfadó... Solo dijo que es ropa», pensó, conmovida por su caballerosidad. Le dedicó una mirada llena de ternura y asintió, más tranquila.

​—Tienes razón... Gracias.

​En ese momento el mesero regresó con dos platos humeantes de espagueti. Comenzaron a comer con entusiasmo, disfrutando del ambiente. Tras dar un bocado, Zoe sonrió de par en par.

​—Sabe delicioso, tenías toda la razón con este lugar.

​Dylan asintió, pasando el bocado antes de hablar con esa voz pausada que a ella tanto la calmaba.

​—Sí, y me hace muy feliz poder probarlo contigo, Zoe.

​—Aún no puedo creer que seas médico... Confesó ella, apoyando la barbilla en su mano. —De verdad lamento haber sacado conclusiones tan precipitadas en el café. Nunca quise ofenderte ni menospreciarte.

​Dylan negó con la cabeza de inmediato.




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