—Está bien, no me molestó en absoluto. Como te dije antes, gracias a ese malentendido de las pantuflas pude conocerte... y agradezco profundamente que te hayas acercado a mí.
Zoe lo miró fija y dulcemente, sintiendo un cosquilleo extraño y desconocido en el estómago, como si un millar de mariposas hubieran decidido revolotear al mismo tiempo. «Este hombre... es tan noble y amable», se dijo a sí misma, sintiendo cómo la calidez la embargaba. «Agradezco tanto que seamos amigos... Amigos». Bajó la mirada un segundo a su plato y luego volvió a mirarlo.
—Tienes razón, yo también agradezco haberte conocido, Dylan... Por cierto, ¿cuál es tu nombre completo? El médico sonrió con una pizca de timidez.
—Dylan Collins, para servirte —respondió, soltando una risita baja. Zoe lo acompañó en la risa, contagiada por su buen humor.
—Ahora entiendo perfectamente por qué dibujaste ese corazón tan peculiar en la primera nota. Tuve que haberlo adivinado desde el principio. Era obvio que eras médico.
Dylan se llevó una mano a la nuca, un tanto apenado.
—Bueno... es el mundo que conozco y a lo que me dedico día a día. Zoe le sonrió de forma cómplice, inclinándose un poco hacia adelante.
—Y entonces... no va a cambiar nada entre nosotros, ¿cierto, doctor Collins? Dylan dejó escapar una risa suave y genuina.
—Solo dime Dylan, por favor... Me siento mucho más cómodo así. No estoy en mi horario laboral en este momento, solo soy yo.
El atardecer avanzó sin que se dieran cuenta. La luz dorada y cálida del sol que se ocultaba comenzó a filtrarse por los grandes ventanales del restaurante, bañándolos con un brillo suave mientras ellos compartían anécdotas, risas y confesiones. Hablaron durante horas, hilando un tema con otro con una naturalidad asombrosa, hasta que finalmente el reloj marcó las ocho de la noche.
Al salir del restaurante, el aire fresco de la noche los recibió. Zoe se giró hacia él con una sonrisa radiante.
—Fue una noche maravillosa, Dylan... La comida estuvo deliciosa y me encantó conversar contigo.
Dylan, con un movimiento fluido y atento, se quitó el abrigo largo y se lo colocó a Zoe sobre los hombros, a pesar de que ella ya traía uno propio.