—Puedo decir exactamente lo mismo... Es la primera vez en años que me divierto tanto con alguien. Gracias por aceptar mi invitación.
Zoe adoptó una expresión juguetona y le guiñó un ojo.
—Bueno, ve pensando en el lugar para la próxima cita. De seguro será aún mejor que esta, ¿no?
Al escuchar las palabras "próxima cita", Dylan sintió un vuelco masivo en el pecho. Las "lombrices" en su estómago se convirtieron en un terremoto de pura ilusión. «¿Segunda cita?», se repitió mentalmente, entrando en un dulce pánico. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y giró la cabeza hacia el lado opuesto para que Zoe no notara su timidez, fallando tiernamente en el intento.
—Me... me encantaría. Consiguió responder, con la voz un poco más baja. —Si así lo deseas y te agrada mi presencia, te llevaré a muchos lugares hermosos la próxima vez.
Ahora fue el turno de Zoe de ruborizarse. Ella solo lo decía para bromear un poco, pero sentir la seriedad y la ilusión en las palabras de Dylan le provocó una oleada de calor en el rostro.
—Sí... me parecería una gran idea. Contestó Zoe con timidez. —¿Te parece si en estos días acordamos el día?
—Por supuesto. Me parece perfecto. Asintió él, regalándole una sonrisa sumamente dulce.
Dylan la escoltó de regreso al auto, repitiendo el ritual caballeroso de abrirle la puerta. Condujo con calma a través de las calles iluminadas de la ciudad hasta detenerse frente a la casa de dos pisos de Zoe. El médico apagó el motor y bajó de inmediato para rodear el auto y ayudarla a descender.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, detrás de las cortinas de la ventana del segundo piso, Hugo y Rafael, los hermanos menores de Zoe, se asomaban aplastando la nariz contra el vidrio, sonriendo cómplices mientras planeaban las burlas para el día siguiente. De pronto, una mano firme los jaló de las camisetas hacia atrás; era su mamá, quien intentaba darles privacidad, aunque un segundo después, tanto ella como su esposo terminaron asomándose de reojo también. Desde la distancia, el padre de Zoe observó detenidamente a Dylan; su postura recta, su ropa impecable y sus ademanes educados le dieron una buena espina. Era un hombre decente y pulcro, completamente aceptable.
Ajeno a los espías de la ventana, Dylan tomó la mano de Zoe con delicadeza. Se inclinó levemente y depositó un beso suave y reverente en el dorso de su mano.
Zoe sintió que las piernas se le convertían en gelatina. Verlo ser tan sumamente atento y caballeroso hacía que su corazón latiera a una velocidad peligrosa. Dylan le soltó la mano despacio, mirándola con una fijeza hermosa.
—Te veo mañana en el café, Zoe...
—Sí... Te veo mañana, Dylan. Se apresuró a responder ella, con una sonrisa boba llena de emoción.
Zoe le dijo adiós con la mano y caminó hacia su puerta. Dylan esperó a que ella entrara y cerrara con seguro antes de regresar a su auto. Mientras encendía el motor para volver a su departamento, una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en su rostro. El cansancio de la guardia había desaparecido por completo; ahora solo había espacio para la felicidad y la firme convicción de que iba a conquistar el corazón de Zoe Pearson como se debía.