¿después de ti quién?

Capítulo: 13-3

Más tarde, cuando Dylan por fin llegó a su departamento, Milo ya lo estaba esperando sentado cerca de la entrada. El médico cerró la puerta con cuidado y se dirigió a la cocina para servirle su porción de comida al felino.

​—Ya regresé, Milo... ¿Sabes? Hoy me atreví a hacerle una broma a Zoe. Ella se rio muchísimo, pensé por un momento que se iba a molestar, pero fue muy divertido.

​Milo dio un salto ágil hacia la mesa y comenzó a comer con ganas en cuanto Dylan dejó el plato. El cirujano se apoyó contra la barra, observándolo pensativo.

​—Ahora... estaba pensando en algo. ¿Crees que debería llevarle flores todos los días al café?

​Milo interrumpió su bocado por un segundo, lo miró fijamente y soltó un único maullido.

​Dylan asintió, dándole la razón.

​—Sí, tienes razón, es demasiado. Podría llegar a incomodarla... Es mejor si le escribo otra carta. —Una sonrisa ilusionada apareció en sus labios—. Y tal vez... ¿Podría llevarle unos chocolates o una sola flor pequeña? ¿Qué opinas?

​Milo soltó dos maullidos seguidos antes de regresar a su comida.

​—Eres muy sabio, Milo. Por eso te quiero tanto.

​Le acarició el lomo con infinito cariño y, en cuanto el gato terminó, ambos se trasladaron a la habitación. Dylan se recostó en la cama y, gracias a la paz que inundaba su mente, logró quedarse dormido con total facilidad.

​Alrededor de las cuatro de la tarde, Dylan se despertó sintiéndose renovado. Se levantó, caminó hacia su escritorio de madera y sacó una hoja de papel limpio junto a su mejor bolígrafo de tinta negra. Se tomó unos momentos para aclarar sus pensamientos y comenzó a plasmar un poema nacido desde lo más profundo de su corazón:

​ «Zoe, Hay personas que se convierten en el faro de nuestros días, y para mí, tú eres ese sol; la brisa que me devuelve el aliento y el café que me mantiene despierto. Me encanta lo que tenemos y anhelo con el alma lo que seremos, esperando que sigamos siendo cómplices y confidentes, con la terca esperanza de que, tarde o temprano, esta complicidad nos transforme en algo más

P. D: la cita fue tan encantadora como tú, espero que de verdad te encuentres bien después de ahogarte con el jugo.»

​Dylan levantó la hoja y releyó las líneas con atención, evaluando su propia creación.

​—Yo... creo que está bastante bien. No es una obra de arte perfecta, pero es exactamente lo que siento por ella... ¿Tú qué opinas, Milo?

​El gato, que se había acomodado en una esquina del escritorio, soltó un maullido suave. Dylan sonrió, convencido.

​—Sí, tienes razón. Es perfecto.

​Confiado, Dylan procedió a cumplir la promesa de la tarde anterior. Tomó el bolígrafo y, con la precisión milimétrica de un cirujano, dibujó un cerebro anatómicamente correcto en la parte inferior de la hoja, detallando cada zona con sus nombres correspondientes en una caligrafía limpia y legible.

​Cuando terminó, la inspiración seguía desbordando de sus manos. Tomó un lápiz de dibujo y, en una hoja aparte, cerró los ojos por un instante. La imagen de la sonrisa radiante de Zoe en el restaurante inundó su mente con total claridad. Al abrir los ojos, comenzó a trazar las líneas sobre el papel, plasmando cada facción de su rostro con una delicadeza y reverencia absolutas. No olvidó ni un solo detalle: la curva de sus ojos, la forma de sus labios, la caída de su cabello.

​El resultado final era de una belleza conmovedora. Dylan contempló el retrato con una sonrisa de orgullo y colocó su sello personal en la esquina inferior: un corazón real y perfecto. Era el símbolo de lo que sabía hacer, de su profesión y de su propia vida entregada a ella.

​Dobló ambas hojas con suma delicadeza y las deslizó dentro de un sobre limpio. Dylan estaba completamente dispuesto a demostrarle a Zoe que ella no era cualquier mujer, y que, para conquistarla, los mensajes de texto se quedaban demasiado cortos.




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