¿después de ti quién?

Capítulo: 14-2

Dylan estaba a punto de echar humo por las orejas de lo apenado que se sentía. Un par de clientes en las mesas cercanas lo miraron de reojo, sonriendo con diversión antes de volver a sus periódicos.

​Zoe rio un poco más fuerte, pero esta vez fue una risa nacida de la pura adoración. Su corazón dio un vuelco tan fuerte que sintió que se le iba a salir del pecho. Nadie, absolutamente nadie en su vida, se había tomado la molestia de comprarle una planta entera, con todo y tierra, solo para asegurarse de que el significado de "eres importante para mí" durara más que un simple ramo cortado. Era el hombre más tierno y torpe del planeta.

​Dejó el paño de limpieza sobre el mostrador, salió de detrás de la barra y se acercó a él. Extendió las manos y tomó la maceta con infinita delicadeza.

​—Son hermosas... Muchas gracias, Dylan. Es un detalle verdaderamente lindo —le dijo, mirándolo a los ojos con las mejillas ligeramente ruborizadas.

​Al ver que ella no lo consideraba un ridículo, Dylan soltó un suspiro inaudible y sus hombros perdieron la rigidez. La tensión se esfumó, dejando paso a una sonrisa mucho más relajada y genuina.

​—De nada... Oh, cierto... toma. Esto también es para ti —dijo, recordando su otra misión y extendiéndole el sobre blanco que había mantenido oculto.

​Zoe parpadeó, mirándolo con doble sorpresa. Una sonrisa increíblemente tierna se dibujó en sus labios.

​—¿Otra carta? Definitivamente, no dejas de sorprenderme hoy, Dylan.

​Tomó el sobre con cuidado, sintiendo la textura del papel grueso, y lo guardó a salvo en el bolsillo de su delantal.

​—Gracias, Dylan.

​Se quedaron mirándose en silencio por un breve y mágico instante, perdiéndose en los ojos del otro. Zoe fue la primera en salir del trance, parpadeando rápido antes de retroceder hacia su refugio seguro detrás de la máquina de espresso. En cuestión de segundos, le extendió su habitual bebida.

​—Toma, tu café... Listo y calientito.

​Dylan le dedicó una última sonrisa dulce, tomó su vaso y se despidió con un asentimiento antes de marcharse a casa.

​Zoe se quedó quieta mirando la puerta de cristal por donde él acababa de salir. Suspiró, sintiendo algo que jamás había experimentado con tanta fuerza. Se sentía vulnerable, pero de una forma preciosa. Esos detalles que para cualquiera podrían parecer absurdos o exagerados —como aparecer con una maceta enorme en medio de una cafetería— eran tan verdaderos, puros y transparentes, que hacían que su pecho ardiera con un calor nuevo; un calor y un sentimiento que su mente aún se negaba a admitir, pero que su corazón ya había empezado a aceptar.




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