¿después de ti quién?

Capítulo 15-1: Un mural de papel y dudas disipadas

En cuanto Dylan cruzó la puerta de su departamento, lo primero que hizo fue soltar un suspiro largo y pasarse ambas manos por la cara. No era por el cansancio acumulado de la guardia, aunque de eso también había un poco, sino por la pura y absoluta vergüenza de lo que acababa de hacer. Milo se acercó trotando con curiosidad, y el médico, sintiéndose increíblemente culpable, se agachó para cargarlo.

​—Milo, lo lamento mucho... Le confesó en un susurro, escondiendo el rostro en el pelaje del felino. —Hice exactamente lo que me dijiste que no hiciera. Me dejé llevar y compré la maceta entera... Pero, ¿sabes qué? La hice reír. Y me aceptó las flores.

​Milo soltó un maullido comprensivo y se frotó contra su barbilla. Dylan sonrió, le dio una última caricia a su fiel consejero y se dirigió a su habitación, cayendo rendido en la cama con el corazón latiendo tranquilo.

​Mientras tanto, en The Daily Blend, la jornada continuaba. De vez en cuando, mientras preparaba pedidos, Zoe desviaba la mirada hacia su preciosa planta de nomeolvides posada en una esquina segura de la barra. Una sonrisa boba e inevitable se dibujaba en sus labios cada vez que la veía.

​Por supuesto, esto no pasó desapercibido para sus compañeros. Una de sus amigas del trabajo se le acercó, dándole un suave codazo cómplice.

​—Zoe~, a ver, explícame qué fue todo eso. Bromeo la chica con picardía. — ¿Acaso tienes novio y no nos habías dicho nada? Se supone que éramos amigas y nos contábamos todo.

​Zoe sacudió la cabeza rápidamente, sintiendo que las mejillas le ardían.

​—¡No, para nada! O sea... sí, somos amigos y todo... pero no ese tipo de amigos. Solo fue un detalle.

​Comenzó a limpiar la mesa frente a ella con una rapidez exagerada para disimular sus nervios. Su amiga soltó una carcajada.

​—Por favor, Zoe. Un simple "amigo" no te trae una carta escrita a mano y, mucho menos, te regala una maceta entera de la nada solo porque "le importas".

​Zoe no supo qué responder, así que se limitó a reír nerviosamente y seguir trabajando.

​Cuando por fin terminó su turno, caminó de regreso a casa cargando su pesada y hermosa maceta entre los brazos, a pesar del cansancio. Al cruzar la puerta de entrada, su familia, que estaba reunida en la sala, la miró con genuina extrañeza. Su papá enarcó una ceja.

​—Zoe, ¿y esa planta? Ya tenemos demasiadas macetas en el patio...

​Zoe sonrió con timidez, abrazando la arcilla.




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