¿después de ti quién?

Capítulo:15-2

​—Me... me la regaló Dylan, papá.

​Su mamá soltó una exclamación de ternura, se levantó del sofá con una sonrisa gentil y la ayudó a cargar la maceta, llevándola directo al marco de la ventana principal de la sala.

​—La pondremos aquí para que mañana le dé bien el sol. Decidió la mujer, antes de girarse hacia su esposo con una mirada burlona. —Tranquila, cariño, tu padre solo está celoso porque él no es capaz de regalarle a su esposa ni siquiera una ramita de monte.

​El señor Pearson se cruzó de brazos, fingiendo una profunda indignación que hizo reír a todos.

​—Mujer testaruda, la última vez que me atreví a regalarte unas flores, el polen te causó una reacción alérgica terrible. ¡Y eso fue hace veinte años! No voy a arriesgarme de nuevo.

​La sala se llenó de carcajadas familiares. Rafael, su hermano, no perdió la oportunidad de unirse al interrogatorio con una sonrisa traviesa.

​—Oye, hermanita, ¿y cuándo vas a traer a Dylan a la casa? Ya escuchamos a papá decir que al menos se ve decente.

​Zoe se puso del color de una fresa.

​—¡No somos ese tipo de amistad, Rafael! Solo somos amigos y ya... ¡Me voy a la cama, estoy muy cansada!

​Salió corriendo por las escaleras hacia el segundo piso para escapar de las burlas, pero a mitad del pasillo frenó en seco, dio media vuelta y bajó los escalones a toda velocidad. Tomó su maceta de la ventana, ignorando las risas de su familia, y subió de nuevo.

​Una vez dentro de su cuarto, cerró la puerta, soltó un suspiro larguísimo y dejó la planta con sumo cuidado sobre el escritorio, justo donde pegaba la luz del sol matutino.

​—Qué día... Murmuró, apoyando las manos en la madera. —No somos nada de eso... aún. O sea... no.

​Soltó otro suspiro frustrado, caminó hasta la cama y se dejó caer de espaldas, abrazando con fuerza el viejo osito de peluche que descansaba en sus almohadas.

«No somos nada más que amigos...», pensó para sí misma, luchando contra sus propias ilusiones. «Él solo es lindo porque es una buena persona. Un cirujano cardiovascular, con semejante título y éxito, nunca se interesaría realmente en una simple chica como yo. Aunque... él no parece de los que se preocupan por esas cosas de las clases sociales o los títulos».

​Apretó el osito contra su cara con desesperación.

​—¡Pero, de todas formas, sé que no se fijaría en mí! Se quejó en voz alta contra el peluche.




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