¿después de ti quién?

Capítulo: 15-3

Buscando distraerse, se sentó en la cama, sacó el sobre blanco de su bolso y lo abrió con cuidado. Al sacar el contenido, se quedó completamente paralizada.

​Llevó una mano a su pecho, sintiendo que el aire se le escapaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas cálidas que amenazaban con desbordarse ante la belleza de lo que estaba viendo. Era un dibujo de ella misma, trazado a lápiz con una reverencia y un detalle que le robaron el aliento. Zoe no tenía idea de que él supiera dibujar tan bien, y mucho menos se imaginó que la elegiría a ella, a una "simple barista", como su musa.

​Deslizó el dibujo y leyó los torpes, pero sinceros versos del poema que él había compuesto. Su corazón dio un vuelco abrumador al sentir el peso de cada palabra. Luego, bajó la vista hacia la nota final, donde descansaba el dibujo exacto del cerebro con sus nombres y un pequeño P.D. que la hizo soltar una risa húmeda.

​Abrazó ambas hojas contra su pecho, con una sonrisa inmensa iluminando su rostro empapado en lágrimas de pura felicidad.

​—Tal vez... tal vez sí se pueda fijar en mí después de todo... —susurró, con la voz temblorosa.

​Miró el retrato una vez más, sintiendo que el corazón se le derretía por completo. Se levantó de la cama, tomó una tachuela de su corcho y fijó el poema y el dibujo en la pared, justo al lado de la primera carta con el corazón anatómico. Acababa de iniciar un pequeño mural de papel, hecho exclusiva y únicamente para ella.

Zoe ya estaba lista para apagar la lámpara de noche, pero una chispa de orgullo y diversión la detuvo. «Oh, no, doctor Collins. Esto no se va a quedar así», pensó con una sonrisa traviesa.

​Se sentó en su escritorio, tomó una hoja de cuaderno común y corriente y su bolígrafo. Decidió escribirle una respuesta corta para agradecerle las flores de la cita y la planta con todo y maceta, pero sabía que tenía que mantener viva su reputación como la reina de las bromas. Inspirada, se dispuso a dibujarlo a él de memoria. Sin embargo, el resultado final estaba por mucho, muy alejado de la obra de arte de Dylan: era un monigote de palitos con un cabello sumamente alborotado, un estetoscopio torcido que parecía una cuerda y unas enormes pantuflas deformes. Parecía un dibujo hecho por un niño de tres años en el jardín de niños.

​Zoe contempló su obra maestra con orgullo, soltando una risita. Dobló la nota, la metió en un sobre limpio y la guardó en su bolso para el día siguiente y, ahora sí, apagó la luz. Se acomodó entre las cobijas, quedándose dormida con una felicidad inmensa en el pecho, sabiendo que era verdaderamente especial para alguien como Dylan.




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