Dylan sonrió con gentileza y asintió. Sin embargo, en lugar de irse, sacó su billetera de cuero y colocó el dinero del té sobre el mostrador. Zoe parpadeó sorprendida e intentó empujar los billetes de vuelta hacia él.
—No, de verdad, está bien. Déjame pagarlo a mí.
La expresión de Dylan cambió a una seriedad sumamente caballerosa que hizo que Zoe se sintiera repentinamente vulnerable, aunque no intimidada.
—No, Zoe. Dijo él, con una firmeza pausada y sin una pizca de malicia. —Agradezco verdaderamente tu intención, pero jamás permitiría que una mujer pagara algo por mí... Para eso trabajo. Además, soy yo el que debería invitarte siempre.
En cuanto terminó de hablar, la seriedad se desvaneció rápido y le regaló otra de sus sonrisas dulces. Zoe se ruborizó por completo, asintiendo con la cabeza en silencio mientras cobraba el dinero y le entregaba el cambio. «¡Vaya! Con que es el tipo de hombre al que no le gusta el cincuenta y cincuenta... ¡Qué increíblemente y caballeroso!», pensó con el corazón acelerado.
—Entiendo... En ese caso, está bien. Murmuró ella. —Muchas gracias, Dylan.
—Gracias a ti, Zoe.
En ese preciso momento, Zoe recordó la misión que tenía y se había autoimpuesto la noche anterior. Buscó rápidamente en el bolsillo de su delantal y saco un sobre doblado, extendiéndoselo con un guiño juguetón.
—Toma... Yo también te hice una carta.
Dylan abrió los ojos de par en par y las mejillas se le tiñeron de rosa de inmediato. «¿Una carta para mí?», se emocionó internamente. Tomó el papel como si fuera el tesoro más valioso del mundo y sonrió con pura ilusión.
—Muchas gracias, Zoe. La leeré en cuanto llegue a mi departamento.
—Que tengas un buen día y, por favor, ve a descansar. Se despidió de él, sonriendo con dulzura.
Dylan asintió con felicidad, se despidió moviendo la mano y salió de The Daily Blend. El cansancio acumulado parecía haberse evaporado por completo; sentía que había rejuvenecido diez años con solo tomar ese té. Subió a su auto y condujo directo a casa con el sobre descansando de forma segura en el asiento del copiloto.
Al entrar a su departamento, el silencio habitual lo recibió. Milo estaba plácidamente dormido sobre el sofá, pero levantó la cabeza y dejó escapar un maullido perezoso al escuchar el clic de la cerradura. Dylan cerró la puerta, caminó a pasos rápidos hacia la sala y se dejó caer en el sofá, justo al lado del felino, haciendo que Milo rebotara una vez por la caída repentina de su dueño.