¿después de ti quién?

Capítulo: 18-2

Zoe leyó su carta, satisfecha. Para finalizar, dibujó un corazón sencillo y convencional y florecitas alrededor de la carta —mucho más fácil que las anatomías perfectas de Dylan—, la dobló, la guardó en un sobre y finalmente en su bolso. Con el corazón ligero, se quedó dormida con una sonrisa.

La mañana siguiente comenzó diferente. Tras una ducha reparadora, Zoe se tomó su tiempo frente al espejo. Se aplicó un poco más de maquillaje del habitual, un labial suave y se recogió el cabello en una trenza delicada que dejaba ver mejor sus facciones.

«¿Por qué hago esto?», se preguntó, observando su reflejo con curiosidad. «Bueno, me hace sentir bonita. No hay nada de malo en querer verse bien para una misma, ¿no?».

Bajó a desayunar, pero en cuanto puso un pie en la cocina, su padre la detuvo con una mirada pícara.

—Zoe, ¿qué tienes en la cara? Preguntó cruzándose de brazos. —Me parece sospechoso. Nunca te arreglas tanto para ir al trabajo.

Sus hermanos, Hugo y Rafael, comenzaron a reírse al instante.

—¡Zoe quiere impresionar a Dylan! Lanzó Hugo sin filtro.

Rafael, que intentaba masticar sus waffles, asintió vigorosamente con la boca llena, incapaz de articular palabra, lo que solo hizo que todos rieran más. Zoe sintió que los nervios volvían a atacar.

—¡Claro que no! ¡Solo quería verme linda hoy, no hay nada de malo en eso! Protestó, mirando hacia la cocina. —¡Mamá! ¡Papá y los chicos me están molestando otra vez!

Su madre apareció desde la cocina, secándose las manos en el delantal con una sonrisa cómplice.

—Chicos, no molesten a la pobre Zoe. Ya es tarde y debe irse, o si no, Dylan no podrá ver lo bonita que se puso para él.

Zoe entrecerró los ojos hacia su madre, rindiéndose ante la complicidad familiar.

—Gracias, mamá... Traidora. Dijo con humor, sin pizca de malicia.

Se despidió de todos con un beso y salió de casa a toda prisa. Miró su reloj: eran las cinco y media. Iba a llegar a tiempo, y por primera vez en mucho tiempo, el trayecto al trabajo no se sintió como una rutina, sino como el inicio de una historia que apenas estaba comenzando a florecer.




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