—Bien, como tú digas, Zoe... Pero te estaré vigilando de cerca.
Rebecca se retiró a su área de trabajo justo cuando Sebastian, el compañero con el que Zoe había estado riendo el día anterior, se acercó al mostrador de manera casual. Al verla de frente, el chico se quedó un tanto tímido por lo guapa que lucía.
—Buenos días, Zoe... Te... te ves muy bonita hoy —tartamudeó Sebastian de forma gentil, rascándose la nuca —O sea... siempre te ves linda, claro, pero hoy más. No es que los días anteriores te hayas visto mal, eh Sigo pensando que te ves bien siempre... ¿Me entiendes?
Sebastian comenzó a ponerse visiblemente nervioso, temiendo que la chica que le gustaba malinterpretara sus torpes halagos. Zoe, lejos de molestarse, soltó una carcajada suave ante su timidez.
—Tranquilo, Sebastian, te entendí perfectamente desde la primera frase. Gracias por el cumplido.
A Sebastian se le agitó el corazón con fuerza al verla sonreír de esa manera tan dulce. «Se ve tan hermosa cuando se ríe», pensó para sí mismo con ilusión.
Sin embargo, el ambiente cambió drásticamente cuando el reloj de la pared marcó las seis en punto de la mañana. La campanilla de la entrada tintineó con una claridad que a Sebastian le resultó extrañamente irritante. Al girar la cabeza, la imponente y pulcra figura de Dylan Collins cruzó el umbral.
Ver entrar a ese hombre alto, de porte atlético, con un empleo de alto prestigio y un atractivo innegable, le causó a Sebastian una profunda punzada de fastidio. Sintiéndose sutilmente intimidado pero decidido a mantener el margen, se despidió de Zoe con un asentimiento rígido y se retiró a la barra trasera, aunque sus ojos no dejaban de vigilar la escena de reojo.
Dylan, completamente ajeno a la mirada hostil del otro empleado, caminó directo hacia Zoe. En cuanto sus ojos se posaron en ella, detallando la delicada trenza y el sutil maquillaje que resaltaba sus facciones, su cerebro experimentó un cortocircuito masivo.
—Zoe... buenos días —consiguió decir, con la voz un tanto más baja de lo habitual—. Te... te ves... muy... encantadora. Bellísima.
El cirujano se lo dijo con una timidez tan pura que sus propias mejillas se tiñeron de un rojo encendido. «¡No! ¡No me preparé mentalmente para esta nueva vista!», entró en pánico internamente. Sintió que las piernas se le volvían de gelatina ante el impacto de lo hermosa que estaba, pero obligó a su espalda a mantenerse recta para no pasar una vergüenza monumental.
Zoe le sonrió con timidez, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de pura felicidad al escuchar sus palabras.