Han pasado tres meses desde que aquella maceta de nomeolvides encontró su lugar en la ventana de Zoe. Tres meses colmados de un constante intercambio de sobres blancos, pequeños detalles cotidianos y confesiones escritas a mano. A través de ese puente de papel, Dylan y Zoe habían aprendido a conocerse en profundidad: descubrieron sus pasatiempos favoritos, los días más difíciles de sus respectivas rutinas y las pequeñas manías que los hacían únicos. Su conexión ya no era solo un destello matutino; se había convertido en un refugio cálido.
Sin embargo, aquella mañana en The Daily Blend, la rutina se rompió.
Como cada día, ni un minuto más ni un minuto menos, Dylan Collins cruzó la puerta de la cafetería a las seis en punto de la mañana. Pero al levantar la vista hacia la barra, una extraña opresión se instaló en su pecho. Zoe no estaba allí. En su lugar, limpiando el mostrador de madera con un trapo húmedo de manera un tanto enérgica, se encontraba un rostro que Dylan reconoció de inmediato: Sebastian, el chico que solía observarlo de reojo con evidente recelo.
Tratando de mantener su habitual cortesía, aunque visiblemente incómodo, Dylan se acercó al mostrador y se llevó una mano a la nuca, delatando su timidez.
—Buenos días... ¿Podría darme un café cargado, por favor? Y... eh, de casualidad... ¿Se encuentra Zoe? ¿Zoe Pearson?
Sebastian detuvo el movimiento del trapo y clavó la mirada en el cirujano. Por dentro, una oleada de pura bilis le recorrió el estómago al ver la estampa perfecta y pulcra del médico; sin embargo, su profesionalismo fue más fuerte. Asintió con una rigidez casi militar.
—Buenos días. Sí, con mucho gusto saldrá su café. Y no, hoy Zoe no pudo venir a trabajar... ¿Necesitaba algo en específico con ella?
Dylan parpadeó, genuinamente sorprendido y un tanto preocupado por la ausencia de Zoe. Aun así, forzó una sonrisa cortés.
—No, nada de eso, gracias... Solo quería confirmar si estaba aquí.
Sebastian se dio la vuelta sin emitir más comentarios. Preparó el café fuerte de Dylan con movimientos precisos y, pocos instantes después, le deslizó el vaso de cartón con una mirada que gritaba en silencio: "Toma tu café y vete ya". A pesar de todo, mantuvo una sonrisa de servicio al cliente en los labios.
Dylan tomó el vaso caliente, pero la duda pudo más que su timidez.
—Muchas gracias... Murmuró, ladeando un poco la cabeza. —Disculpe, si no es mucha molestia... ¿Sabe por qué razón no vino hoy?
Sebastian soltó un imperceptible suspiro de frustración y lo miró fijamente a los ojos.