—Lo siento, de verdad no sé la razón de su ausencia. Pero no se preocupe, en cuanto hable con ella, le avisaré que usted vino y preguntó por ella.
Al escuchar que Sebastian le transmitirá a Zoe que el vino a preguntar por ella, los ojos de Dylan se iluminaron con una timidez encantadora y sus mejillas adoptaron un sutil tono rosa.
—Se lo agradezco mucho. Feliz día.
El médico dio la vuelta y salió del local abrazando su vaso de café. Sebastian, por su parte, volteó los ojos de inmediato en cuanto la puerta se cerró. Comenzó a pasar el trapo húmedo por el mostrador de manera frenética, descargando toda la irritación que había contenido durante el encuentro. De pronto, se detuvo en seco, mirando hacia la puerta de cristal por donde el doctor había desaparecido.
«Bueno... la verdad es que es un tipo bastante amable, en cierto sentido...», admitió una pequeña e involuntaria voz en su cabeza.
Sebastian sacudió la cabeza con violencia, chasqueando la lengua, profundamente molesto consigo mismo por haber tenido ese pensamiento.
—¡No, no, no! ¿Qué estás diciendo, Sebastian? Se regañó en voz alta. —Ese tipo es tu rival. No voy a permitir que se lleve a Zoe tan fácilmente... aunque admita que se ve bastante inofensivo.
En el fondo de la cocina, dos de sus compañeros de trabajo lo observaban de reojo mientras sostenían unas bandejas. Al verlo discutir de forma tan apasionada consigo mismo, no pudieron contener las risitas. Sebastian notó las burlas, se puso completamente rojo de la vergüenza, se guardó el trapo en el bolsillo del delantal y se marchó a toda prisa hacia el área de lavado, fingiendo que absolutamente nada había pasado.
Mientras tanto, a unos cuantos kilómetros de allí, el ambiente era muy diferente. Zoe se encontraba postrada en su cama, completamente arropada y librando una batalla contra una fiebre alta que la había atacado desde la noche anterior. Su madre entró a la habitación con suavidad, sosteniendo un paño húmedo que colocó con infinito cuidado sobre la frente caliente de su hija.
—Zoe, cariño, estás ardiendo en fiebre. Le dijo con voz dulce, acariciándole el cabello con ternura. —Te resfriaste de verdad. Vas a tener que faltar un par de días al trabajo; estoy segura de que tu jefe lo va a entender perfectamente.
Zoe asintió con pesadez, cerrando los ojos con resignación. Sabía que su madre tenía toda la razón, su cuerpo simplemente no respondía. Sin embargo, en medio del malestar, una preocupación muy específica se instaló en su mente: Dylan. No quería que él llegara a la cafetería, viera su lugar vacío y se preocupara de más o pensara que algo malo le había pasado.
—Está bien, mamá... Susurró con la voz apagad. —Espero que... él esté bien estos días. Sé que lo estará...
El cansancio la venció y se quedó profundamente dormida durante un par de horas.
A mitad de la tarde, cuando el sol comenzaba a descender y la fiebre finalmente le empezó a bajar, Zoe logró abrir los ojos sintiéndose un poco más ligera. Con un esfuerzo monumental, se incorporó en la cama, se deslizó fuera de las cobijas y caminó a pasos lentos hacia su escritorio. Tomó una hoja de cuaderno de líneas, su bolígrafo favorito y comenzó a redactar una nueva nota.
En ella, le explicaba con total honestidad el motivo de su ausencia, disculpándose con dulzura por no haber podido avisarle a tiempo. Pero justo antes de firmar, Zoe se detuvo. Mordió el extremo del bolígrafo, sintiendo un súbito ataque de nervios, y tomó una gran decisión. Con pulso tembloroso, pero decidido, escribió su número de teléfono al final de la hoja, añadiendo una pequeña línea donde le pedía que le mandara un mensaje para poder seguir comunicados mientras ella estuviera recuperándose en casa.
Dobló la carta con esmero, la guardó en un sobre blanco y esperó pacientemente a que la puerta de su habitación se abriera. Unos minutos después, su madre entró cargando un plato de sopa caliente.
—Mamá... ¿Podrías hacerme un favor enorme? Pidió Zoe con ojos suplicantes, extendiéndole el sobre. —¿Crees que puedas ir a The Daily Blend y dejarle esto a Rebecca? Solo debes pedirle que se lo entregue a Dylan en cuanto lo vea. Por favor...
Su madre observó el sobre y luego miró a su hija. Al descubrir la pureza y la ligera angustia romántica en los ojos de Zoe, una sonrisa de absoluta ternura se dibujó en sus labios.
—Claro que sí, mi vida. Asintió, aceptando el papel. —No te preocupes por eso. Le diré a tu padre que encienda el auto ahora mismo para que me lleve a dejar tu sobre.
Zoe soltó un suspiro lleno de alivio y le regaló una sonrisa radiante a su madre. Se acomodó nuevamente entre las sábanas, cerrando los ojos con una felicidad inmensa en el pecho. El malestar de la fiebre ya no importaba tanto; la sola idea de que muy pronto vería el nombre de Dylan parpadear en la pantalla de su teléfono celular era medicina suficiente para sanar cualquier resfriado.