Ese mismo día, por la tarde, el auto de la familia Pearson se estacionó suavemente justo frente a la fachada de The Daily Blend. Peter apagó el motor, se apoyó contra el volante y soltó un suspiro cargado de resignación, mirando de reojo a su esposa.
—Margaret, cielo... ¿Por qué estamos haciendo esto exactamente? Preguntó, genuinamente divertido, pero un tanto preocupado por lo absurdo que resultaba hacer de mensajeros románticos para su propia hija.
Margaret sonrió de lado, acomodándose el bolso en el regazo con total tranquilidad.
—Porque Zoe lo necesita, Peter. Además, ese muchacho no se veía como una mala persona cuando lo vimos desde la ventana, ¿lo recuerdas?
Peter Pearson volvió a suspirar, pero una sonrisa delató que estaba de acuerdo. Le quitó el seguro a las puertas. Margaret abrió la puerta del copiloto, bajó del auto con paso elegante y caminó con paso firme hacia la entrada de la cafetería.
Al cruzar el umbral, la campanilla tintineó con suavidad. Margaret paseó la mirada por el acogedor local hasta que Rebecca se acercó a ella con su habitual energía carismática.
—Buenas tardes, bienvenida a The Daily Blend. ¿En qué le puedo servir hoy? Saludó con una sonrisa brillante.
Margaret le dedicó una mirada sumamente gentil.
—Hola, querida. Tú debes ser Rebecca, la amiga de mi hija Zoe, ¿verdad?
Rebecca parpadeó, agradablemente sorprendida, y enderezó la postura de inmediato.
—¡Ah! Sí, así es, señora. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?
La madre de Zoe metió la mano en su bolso, sacando el sobre blanco con delicadeza y se lo extendió.
—Toma, querida. Mi Zoe me pidió firmemente que te entregara esto. Es una carta para el joven Dylan Collins. ¿Podrías hacérsela llegar en cuanto lo veas por aquí?
Rebecca abrió los ojos de par en par, pero de inmediato una sonrisa de absoluta complicidad se dibujó en su rostro. Tomó el sobre y lo deslizó con sumo cuidado en el bolsillo de su delantal.
—Sí, por supuesto, no hay ningún problema. Cuente con ello.
—Muchas gracias, eres una buena amiga, Rebecca. Le agradeció Margaret, haciendo que Rebecca se ruborizara un poco antes de despedirse con un gesto amable.