Margaret regresó al auto con el deber cumplido y una expresión de victoria. Al verla subir, Peter encendió el motor y soltó una risita burlona mientras ponía la marcha atrás.
—Bueno... supongo que nos tocará escucharla hablar por teléfono todas las noches a partir de ahora.
—Peter, no seas tan dramático. Rio Margaret, acomodándose el cinturón. —Zoe no ha tenido una ilusión así en tres años. Hay que dejarla ser feliz.
Peter asintió en silencio, con los ojos fijos en el camino, pero con una calidez inmensa en el pecho, sabiendo que su esposa tenía toda la razón. En cuanto cruzaron el umbral de su casa, el sonido de los videojuegos en la sala los recibió. Hugo y Rafael estaban concentrados frente a la pantalla, pero este último se tomó un segundo para voltear a verlos.
—Ma, pa, Zoe ya se siente un poco mejor. Les informó Rafael, mientras presionaba los botones del control. —Ya le bajó la fiebre. Intentamos que comiera algo de la sopa, pero solo aceptó un par de bocados y se volvió a quedar dormida.
Su padre se acercó y les dio una cariñosa palmada en la cabeza a ambos.
—Gracias por cuidar de su hermana mientras no estábamos, chicos.
Margaret subió las escaleras a pasos silenciosos hacia el segundo piso. Al entrar a la habitación, encontró a Zoe descansando plácidamente bajo las cobijas. Aunque todavía lucía un poco pálida y con rastros de sudor por la batalla contra el resfriado, una pequeña y pacífica sonrisa adornaba sus labios. Su madre se sentó con cuidado en la orilla del colchón y le apartó unos mechones de cabello de la frente con infinita ternura.
—Cariño, ya le entregamos la carta a tu amiga... Susurró Margaret en la oscuridad de la habitación, depositando un suave beso en su frente. —De verdad espero que este muchacho sea bueno contigo, mi niña... Te lo mereces tanto.
A la mañana siguiente, a las seis en punto, la campanilla de la cafetería volvió a sonar. Dylan cruzó la puerta con el corazón latiéndole a un ritmo un tanto acelerado, empujado por la terca esperanza de volver a ver los ojos cafés de Zoe detrás del mostrador. Sin embargo, la decepción cayó sobre él como un manto pesado al encontrarse, una vez más, con la barra vacía sin su presencia.
En su lugar estaba Sebastian. Al ver entrar al médico, el joven empleado se tensó visiblemente, pero obligó a sus músculos a adoptar una postura profesional y forzó un saludo de cortesía.
—Buenos días, bienvenido. ¿En qué le puedo servir hoy? Articuló, intentando que su voz no sonara tan rígida.
Dylan sintió que la timidez amenazaba con paralizarlo de nuevo, pero recordó que debía ser un hombre maduro. Enderezó la espalda con elegancia y caminó hacia la barra. Entrecerró los ojos por un segundo para leer el pequeño pin metálico prendido en el delantal del chico y sonrió con renovada confianza.