¿después de ti quién?

Capítulo: 21-3

—Buenos días a usted también... eh... Sebastian. Saludó con amabilidad. —Me gustaría un té verde para llevar, por favor.

Al escuchar su propio nombre pronunciado por el pulcro cirujano, Sebastian gruñó internamente. Sintiéndose extrañamente tieso bajo la educada mirada de Dylan, asintió de mala gana y se dio la vuelta para preparar el té.

Dylan, completamente ajeno a los torbellinos de celos e irritación que su sola presencia causaba en el empleado, se quedó de pie junto a la barra. Recordó los consejos silenciosos y las intensas sesiones de práctica que había tenido la noche anterior frente a su gato. «Bien, vamos, Dylan, tú puedes...», se alentó mentalmente. «Tal como lo practicaste con el sabio Milo. Solo sé amigable y ve directo al grano para romper el hielo con sus compañeros».

Cuando Sebastian regresó y le extendió el vaso humeante, Dylan le dedicó una sonrisa sumamente amigable.

—Muchas gracias, Sebastian... ¿Sabe? Lo he visto interactuar bastante con Zoe en estos meses. Me preguntaba... ¿Es usted un buen amigo de ella?

Dylan esperó una respuesta, pero la presión del momento y la mirada completamente neutra, fría y ligeramente aburrida que Sebastian le devolvió hicieron que su seguridad se desmoronara como un castillo de naipes. Los cables de su cerebro se cruzaron por completo.

—He... yo... bueno, es decir... he... —tartamudeó Dylan, sintiendo que el rostro le ardía en un rojo intenso.

Sebastian no movió un solo músculo de la cara, limitándose a esperar en un silencio sepulcral a que al imponente doctor se le desenredara la lengua. La vergüenza fue tal que Dylan sintió el deseo genuino de que la tierra se abriera bajo sus pies pulcros para tragárselo entero. Preso del pánico social, el médico dio marcha atrás a su plan de inmediato.

—No... no es nada. Olvídelo. Gracias, feliz día —soltó a toda prisa.

Se dio la vuelta de forma completamente rígida y caminó hacia la salida con la cabeza gacha, abrazando su té verde como si fuera un escudo protector.

Sebastian arqueó una ceja con total desconcierto, observando la torpe huida del cirujano a través del cristal de la entrada. Tras unos segundos de confusión, se encogió de hombros, restándole importancia al extraño comportamiento del “rival” y regresó a limpiar la barra con una pequeña sonrisa de suficiencia, completamente ajeno a que el doctor Collins solo había sido víctima de un severo ataque de timidez crónica.




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