¿después de ti quién?

Capítulo 22-1: Declaraciones equivocadas y un pacto de caballeros

Por la tarde, la acera frente a The Daily Blend se convirtió en el escenario del dilema existencial de Dylan. El imponente cirujano caminaba de un lado a otro, pasaba de largo la entrada, se detenía a los pocos metros, daba la vuelta y volvía a pasar de largo. Repitió el ciclo al menos cinco veces, frotándose las sienes.

«Vamos, Dylan Collins, tú puedes...», se decía a sí mismo con una frustración extrema, dándose ánimos mentalmente. «Ya eres un hombre adulto, tienes un título universitario, salvas vidas a diario... Hacer amigos de tu misma edad debería ser una tarea sumamente sencilla».

De pronto, una ráfaga de seguridad artificial le golpeó el cerebro. Enderezó la espalda, elevo los hombros, dio una media vuelta perfecta y empujó la puerta de cristal. La campanilla anunció su entrada con un alegre tintineo.

Detrás del mostrador, Sebastian levantó la vista y todos sus músculos se tensaron al instante. «Maldición, otra vez este tipo... ¿¡Ahora qué es lo que quiere!?», pensó el empleado, sintiendo que el estómago se le revolvía. Sin embargo, recordando su entrenamiento de servicio al cliente, forzó una sonrisa perfectamente falsa.

—Bienvenido, pase adelante... ¿En qué le puedo servir esta vez, doctor?

Dylan, completamente ajeno a las alarmas que estaba encendiendo en el muchacho y sin la menor capacidad para detectar señales sutiles de incomodidad, avanzó con una sonrisa llena de confianza. El único problema era que, por dentro, las piernas le temblaban como gelatina.

—Bueno... yo... Comenzó Dylan, aclarándose la garganta. —Solo venía porque... bueno, quería conocerlo mejor y salir juntos un día de estos.

El silencio que se instaló en la cafetería fue sepulcral. Dylan se dio cuenta un segundo demasiado tarde de que había formulado sus palabras de la peor manera matemáticamente posible.

A Sebastian se le desencajó la mandíbula. Su rostro pasó por una gama de colores que fue del blanco pálido al shock absoluto. Un par de clientes que leían en las mesas cercanas bajaron sus tazas lentamente, mirándolos de reojo con una curiosidad desbordante. Sebastian sintió que los cimientos de su mundo se desmoronaban por completo. «¡¿Qué?!», gritó su mente en un ataque de pánico monumental. «¡Espera un segundo! ¡¿No estaba enamorado de Zoe?! ¡¿Todo esto fue una elaborada fachada para acercarse a mí?!».

Con el rostro encendido en un rojo que le llegaba desde el cuello hasta las puntas de las orejas, Sebastian reaccionó por puro instinto de supervivencia social. Rodeó la barra a toda prisa, tomó a Dylan firmemente del brazo y lo arrastró sin mirar a nadie hacia la puerta trasera del local, saliendo al callejón de servicio.

Sebastian comenzó a respirar de forma errática, pegándose una mano al pecho, mientras Dylan se llevaba ambas palmas a la cara, completamente sepultado por la vergüenza de su propia existencia.

—No... no es lo que parece... Alcanzó a balbucear Dylan, con la voz totalmente amortiguada por sus manos.

Sebastian dio una vuelta completa, se giró hacia él y lo señaló con un dedo visiblemente tembloroso.

—¡Tú...! ¡Tú...! ¡Yo pensé que estabas intentando conquistar a Zoe Pearson! Le dijo con una indignación histérica. —¡¿Acaso todo fue una gigantesca mentira para llegar a mí?!

La enorme confusión de Sebastian había tomado proporciones épicas. Dylan se quedó completamente petrificado, sintiendo que sus neuronas cerebrales se quemaban uno a uno. «¡Rayos, lo arruiné por completo! ¡¿Qué digo?! ¡¿Qué habría hecho Zoe en una situación así?!».

—¡No, nada de eso! exclamó Dylan, bajando las manos y sacudiéndolas en el aire—¡De verdad, no es lo que estás pensando, lo prometo!

Sebastian se detuvo un segundo, tratando de calmar los latidos de su corazón, que amenazaban con romperle las costillas. Dylan, al no saber cómo manejar el colapso social, optó por una estrategia puramente defensiva: caminó hacia una esquina del callejón, se colocó de frente al muro y se quedó allí estático, mirando hacia la pared como un niño pequeño que acababa de ser castigado por romper un jarrón.

—Solo... quería hacer amigos... Confesó Dylan desde su rincón, con los hombros caídos. —Pero... no me salió como lo había planeado.

Sebastian abrió los ojos de par en par, procesando la información. «¿Amigos? ¿Él? ¿Conmigo? ¿Por qué querría ser mi amigo si se supone que somos rivales?». Un bufido molesto escapó de sus labios, no por malicia hacia el médico, sino por lo increíblemente absurdo que estaba resultando toda la situación. Se llevó dos dedos al puente de la nariz, frotándose con frustración.

—¿Por qué demonios no dijiste simplemente "oye, seamos amigos" y ya? Le reclamó Sebastian, soltando un suspiro pesado. —Ahora... todos allá adentro tendrán una razón para burlarse de mí por el resto de mis días.

Dylan se encogió todavía más en su esquina de castigo, visiblemente apenado. Se giró lentamente y dio unos pasos hacia él.

—Lo lamento mucho... De verdad no quería causarte problemas. Le pidió disculpas con total sinceridad. —Es solo que... he visto que te llevas de maravilla con Zoe y con el resto de los chicos. Yo también quería... no lo sé, divertirme con alguien. La verdad es que no tengo muchos amigos fuera del hospital.




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