Ambos se quedaron mirándose a los ojos durante un breve instante. La imagen del respetado y gigantesco cirujano cardiovascular, parado en un callejón con cara de perrito desamparado y confesando que no tenía amigos, fue demasiado para Sebastian. El empleado soltó una carcajada enorme y limpia, una risa llena de genuina diversión, pero libre de cualquier rastro de burla malintencionada.
—¡Amigo, eres realmente raro! ¿Lo sabías? Dijo Sebastian, secándose una pequeña lágrima de la risa. —No puede ir por la vida entrando a los lugares e intentando hacerte amigo de tu propio rival.
Dylan ladeó la cabeza, mirándolo con curiosidad completamente confundido.
—¿Rival? ¿A... a qué te refieres con eso de ser rivales?
Sebastian detuvo su risa, soltó un último suspiro y se enderezó en su sitio, cruzándose de brazos con una expresión seria pero pacífica.
—A mí también me gusta Zoe... Y por eso, técnicamente, eres mi rival.
Dylan parpadeó, procesando el dato. Lejos de enfurecerse o adoptar una postura posesiva, una sonrisa sumamente amable y madura se dibujó en su rostro.
—Ya entiendo... Pero creo que no tenemos ninguna necesidad de ser rivales. Le explicó Dylan con una tranquilidad pausada. —Somos personas diferentes. Y sí, a mí también me gusta muchísimo Zoe, ella es alguien sumamente especial para mí... Pero al final del día, será ella quien decida lo que quiere. Si tú también quieres intentar ganarte su corazón, está bien por mí, no me molesta en absoluto. Nosotros no podemos decidir por ella.
Sebastian se le quedó mirando en silencio, completamente desarmado. «Este tipo es demasiado bueno... Es imposible que me caiga mal», admitió internamente, dándose por vencido. «Bien... tal vez no seamos mejores amigos hoy, pero definitivamente podemos ser conocidos».
—Bien... Dijo Sebastian, rompiendo el silencio y extendiendo el brazo con la palma abierta. —Soy Sebastian Evans.
Dylan sonrió, iluminado por una felicidad pura, y le estrechó la mano con un agarre firme, gentil y amigable.
—Me da mucho gusto, Sebastian. Yo soy Dylan Collins.
Poco después, ambos regresaron al interior de la cafetería. La tarde ya estaba cayendo, el sol se ocultaba en el horizonte y los últimos clientes ya se habían marchado, dejando el local solo para los empleados que terminaban sus labores de limpieza. Al ver entrar a Sebastian junto al médico, todo el personal del fondo estalló en una oleada de carcajadas. La noticia del malentendido monumental ya se había esparcido.
Sebastian se ruborizó de inmediato, ocultando la cara con el delantal mientras fingía una indignación teatral para seguirles el juego a sus compañeros, quienes no paraban de lanzarle bromas. Dylan, por su parte, se puso un tanto nervioso, rascándose la nuca mientras intentaba mantener la compostura.
—¡Debes ser el famoso Dylan! Exclamó uno de los chicos desde la barra, secándose las lágrimas de la risa. —Amigo, lo que hiciste fue genial. ¡De lejos, lo mejor que nos ha pasado en todo el día!
—No, de verdad, solo fue un pequeño problema de comunicación. Les explicó Dylan, sumamente avergonzado, pero aliviado de ver que nadie estaba molesto. —Pero ya lo resolvimos todo de buena manera.
Los demás asintieron entre risas, continuando con sus labores mientras seguían molestando cariñosamente a Sebastian. En ese momento, Rebecca se desprendió del grupo y se acercó a Dylan con una sonrisa cálida y una mirada brillante.
—Buenas tardes, doctor Collins. Soy Rebecca, una de las mejores amigas de Zoe. Dijo acercándose con total amabilidad.
Dylan se giró hacia ella y le dedicó una sonrisa tímida pero muy cortés.
—Hola, buenas tardes, Rebecca. Un placer. Dime, ¿en qué te puedo ayudar?
Rebecca metió la mano en el bolsillo de su delantal, extrajo el sobre blanco que Margaret le había encargado horas antes y se lo extendió con un movimiento fluido, guiñándole un ojo con absoluta complicidad.
—Zoe te manda esto... Estaba muy preocupada de que vinieras y no la encontraras en la barra.
Al escuchar que la carta venía directamente de Zoe y que ella había estado pensando en él a pesar de estar ausente, Dylan sintió que el rostro le ardía en un rojo carmín instantáneo. Tomó el sobre con una reverencia casi sagrada y lo guardó con sumo cuidado dentro de su maletín.
—Muchísimas gracias de verdad, Rebecca. Se lo agradezco mucho.
Tras despedirse del alegre personal y de su nuevo "conocido", Dylan emprendió el camino de regreso a casa. Condujo a través de las calles iluminadas por los faroles con el corazón latiéndole a mil por hora, abrumado por la cantidad de emociones que su propia torpeza social había provocado en tan poco tiempo; pero, sobre todo, se sentía increíblemente feliz. No solo llevaba en su maletín una nueva carta de Zoe, sino que, contra todos los pronósticos y las leyes de la probabilidad, había logrado ganarse el respeto de un nuevo amigo.