En cuanto Dylan cruzó el umbral de su departamento, el agotamiento físico y mental le cayó encima como una piedra. Arrastrando los pies con pesadez, caminó directo hacia su habitación y se dejó caer sobre la cama, justo al lado de donde Milo dormitaba plácidamente.
Con la cara completamente hundida en la almohada, Dylan soltó un lamento ahogado que amortiguó sus palabras:
—Milo... lo arruiné por completo. No salió para nada como lo habíamos ensayado frente al espejo... Pero... aun así... pude hacer un amigo.
El felino abrió sus grandes ojos amarillos, lo miró con una mezcla de paciencia y ligera condescendencia, y soltó un maullido sumamente suave. Se estiró despacio, se acercó al rostro del médico y se recostó a su lado, ofreciéndole su pelaje como consuelo. Dylan giró la cabeza, lo rodeó con un brazo y lo abrazó con fuerza.
—Estoy feliz, Milo... Pero, ¿cómo se supone que deba hablarle a Sebastian cuando regrese a la cafetería?
Milo simplemente comenzó a ronronear con un ritmo constante. Dylan lo escuchó con atención y asintió contra la almohada, como si descifrara un código complejo.
—Tienes razón... Solo debo relajarme y ser yo mismo.
En ese instante, el recuerdo del sobre blanco que guardaba en su maletín le iluminó la mente. El cansancio se evaporó en un segundo. Dylan se incorporó de un salto, tomó su maletín y extrajo la carta con una emoción desbordante. Se sentó con las piernas cruzadas junto al gato y comenzó a abrir el papel con cuidado.
A medida que sus ojos recorrían las líneas escritas por Zoe, su expresión pasó de la preocupación por su salud a una sonrisa increíblemente dulce, para terminar en un shock absoluto. Se quedó congelado, parpadeando varias veces frente al final de la página.
—Un... un número de teléfono... Susurró, con la voz temblorosa. —Ella... me dio su número...
La emoción escaló tan rápido en su sistema que, sin pensarlo, Dylan tomó a Milo por los costados y lo sacudió en el aire como si fuera un trapito de cocina, completamente fuera de sí por la alegría.
—¡Milo! ¡Ahora podremos hablar seguido! ¡Como una pareja... o bueno, como amigos que se escriben todas las noches!
Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, soltó al felino suavemente sobre las cobijas. Milo, visiblemente ofendido, se sacudió con energía y comenzó a lamerse el pelaje con rapidez para acomodar los pelos desordenados por la alegría de su dueño.
Dylan tomó su celular a toda prisa. Con los dedos torpes por los nervios, guardó el contacto bajo el nombre de Zoe 💕. Entró a la aplicación de mensajería y se quedó mirando la pantalla en blanco. Pasó una hora completa sumido en un debate existencial. «¿Qué se supone que deba escribirle? ¿Un simple "hola"? ¿Un "buenas noches"? ¿Preguntarle cómo está?», se cuestionaba como en un bucle infinito.
Milo, cansado de esperar a que su dueño tomara una decisión, ya se había vuelto a quedar dormido a su lado. Dylan soltó un largo suspiro y, con las manos temblando de forma visible, redactó un mensaje con total honestidad:
Dylan: Buenas noches, Zoe, soy Dylan. Me enteré en el café de que estabas enferma y la verdad me había preocupado mucho. Espero de corazón que te encuentres mejor y que pronto podamos volver a vernos.
Se quedó mirando el botón de enviar, dudando por centésima vez. En ese momento, Milo abrió un ojo, se incorporó con pereza y, al acercar su rostro al teléfono, le dio un lengüetazo a la pantalla táctil, presionando el botón de envío por puro "accidente".
Dylan se tensó por completo, con los ojos abiertos de par en par.
—¡Milo, no! ¡Aún no estaba listo...!
Soltó un gemido de puro pánico, pero lo hecho, hecho estaba. Pasaron tres largos y agónicos minutos en los que Dylan apenas respiró, hasta que el teléfono vibró en su mano, haciéndole dar un brinco.
Zoe 💕: Buenas noches, Dylan. Muchas gracias, ya me encuentro muchísimo mejor, aunque todavía estoy un poco resfriada. Voy a tener que faltar un par de días más al trabajo. ¡Espero que no haya pasado nada grave en mi ausencia!
Una descarga masiva de adrenalina recorrió el cuerpo del cirujano al leerla. Recordó instantáneamente todo el caos, el malentendido monumental con Sebastian y las risas de los empleados en el callejón. Se apresuró a teclear:
Dylan: No, para nada, no pasó nada por lo que preocuparse.
Hizo una pausa, sabiendo perfectamente que la verdad saldría a la luz tarde o temprano a través de Rebecca. Soltó un suspiro y añadió:
Dylan: Bueno... en realidad hubo un pequeño malentendido con tu compañero de trabajo, Sebastian, pero afortunadamente ya lo resolvimos de buena manera.