¿después de ti quién?

Capítulo 24-1: Chocolates y la prueba en el sofá

A la mañana siguiente, el despertador de Dylan sonó puntual a las siete. Con una energía inusual impulsada por los nervios, el médico saltó de la cama dispuesto a dar la mejor impresión posible. Tras una ducha refrescante, revolvió su armario hasta elegir su mejor atuendo: un conjunto elegante, sumamente pulcro y presentable, digno de una ocasión tan importante. Antes de salir, se agachó para dejarle abundante comida a Milo, lo tomó en brazos y le dio un fuerte abrazo de despedida.

—Deséame suerte, Milo. Hoy conozco a los Pearson. Susurró, ganándose un parpadeo adormilado de su sabio compañero.

Al salir de su departamento, subió a su auto y su primera parada fue la barbería local a las siete y cuarenta y cinco de la mañana. Se hizo un corte de cabello impecable y pidió que le bajaran por completo la ligera barba mañanera, dejando su rostro totalmente despejado.

Posteriormente, se dirigió al supermercado grande de la ciudad. Durante una hora entera, el cirujano cardiovascular de renombre deambuló por los pasillos con una crisis de indecisión, llenando el carrito con las mejores frutas, verduras frescas, cortes de carne selectos y una variedad de aperitivos finos para la familia de Zoe.

«¿Qué se supone que deba llevar? ¿Esto estará bien? Sí... creo que es lo adecuado», se repetía mentalmente, examinando una piña como si fuera un corazón en mitad de un quirófano.

Tras pagar las compras, guardó todo en la cajuela y condujo directo a una dulcería especializada de alta gama. Allí, con una sonrisa de absoluto orgullo, seleccionó una bolsa entera de chocolates finos, desde trufas artesanales hasta chocolates rellenos. «Espero que le gusten... Ella me dijo que le fascinaban», pensó con el corazón latiéndole a ritmo alegre.

Ya faltaba poco para las diez de la mañana, así que pasó rápidamente a una farmacia. Como médico, no necesitó preguntar qué llevar; sabía con absoluta precisión matemática qué medicamentos, jarabes y vitaminas eran los mejores para cortar un resfriado severo como el de Zoe.

El trayecto hacia la casa de los Pearson fue una tortura silenciosa. A Dylan le sudaban las palmas de las manos sobre el volante mientras repasaba una y otra vez sus diálogos de presentación mentalmente:

—«¿Hola? Buenos días, soy Dylan Collins, soy un amigo de su hija y vengo a cuidarla... ¡No! ¡Eso suena horrible!». Se regañó a sí mismo, cambiando de marcha con nerviosismo.

A las diez de la mañana en punto, el auto de Dylan se detuvo frente a la casa. Apagó el motor, tomó aire y cargó con todas las bolsas de compras, los chocolates y las medicinas. Se plantó frente a la puerta principal y dudó un segundo con el dedo flotando sobre el timbre, pero se armó de valor. «Tú puedes, Dylan. No vas a dar un paso atrás ahora».

Apretó el botón. Casi de inmediato, una voz juvenil gritó desde el interior:

—¡Ya voy!

Dylan se tensó por completo, acomodándose el cuello de la camisa y forzando su mejor sonrisa. La puerta se abrió, revelando a Hugo. El adolescente miró a Dylan de pies a cabeza; el médico era un hombre alto, corpulento y de porte sumamente imponente. Hugo tragó saliva visiblemente, intimidado por un segundo, y se encogió un poco de hombros de forma tímida.

—Usted... usted debe ser Dylan, ¿verdad?

Los nervios traicionaron al cirujano, quien sintió un sudor frío recorrerle la espalda, pero se obligó a mantener su tono de voz más amable y profundo.

—He... bueno, yo... sí, soy Dylan. Soy amigo de tu hermana Zoe. ¿Se encuentra en casa?

Al escuchar la amabilidad en su voz, la timidez de Hugo se esfumó, cambiándola por una mirada de total admiración ante el porte del visitante. El chico sonrió grande, se dio la vuelta hacia el pasillo y gritó a todo pulmón como si su vida dependiera de ello:

—¡¡Mamá!! ¡¡Papá!! ¡¡Ya llegó Dylan!!

Dylan se petrificó en su lugar. Por un segundo, su instinto de supervivencia le ordenó dar la vuelta y correr hacia su auto, pero su madurez lo obligó a quedarse erguido, firme y seguro sobre la entrada.

Unos momentos después, Peter Pearson, el padre de Zoe, apareció en el recibidor. Aunque Peter era notablemente más bajo que Dylan, le llegaba a la altura del hombro. El hombre compensaba la estatura con una mirada imponente, decidido a hacerse el duro frente al visitante. Analizó a Dylan de pies a cabeza con inspección militar, deteniéndose especialmente en las enormes bolsas del supermercado que cargaba en las manos. «Se ve bastante decente...», lo evaluó internamente de forma protectora. «Pero no voy a bajar la guardia. Esas bolsas huelen a puro chantaje para ganarse mi simpatía».

—Así que tú eres Dylan... ¿Eh? Soltó Peter con voz grave. Dylan asiente sonriendo. —Así es, soy Dylan Collins, un gusto, señor Pearson. Tras un segundo de tensión, asintió levemente.

—Pasa, bienvenido.

Dylan soltó un imperceptible suspiro de alivio, relajando los hombros mientras cruzaba el umbral con timidez.

—Con su permiso, señor Pearson...

En ese instante, Margaret, la madre de Zoe, apareció desde la cocina con una sonrisa sumamente dulce. Al ver al médico, sus ojos se iluminaron de inmediato.




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