Después de lo que a Dylan le parecieron unos minutos eternamente largos, el sonido de unos pasos lentos en la escalera anunció la llegada de Zoe. La joven bajaba vistiendo un pijama cómodo, con las mejillas sutilmente ruborizadas debido a la fiebre persistente. No había tenido ni las fuerzas ni las ganas de arreglarse, por lo que se quedó completamente estupefacta al ver a Dylan plantado en su sala, luciendo un atuendo tan impecable y elegante.
«¡Qué pena! ¡Dylan se ve absolutamente genial y yo parezco recién levantada de la cama!», pensó Zoe, conteniendo el deseo de cubrirse la cara.
Dylan, por su parte, se quedó completamente pasmado. Lejos de importarle su aspecto desaliñado, para él Zoe lucía absolutamente bellísima. Verla así, al natural y en pijama, era la imagen más tierna y genuina que había contemplado en toda su vida. Sintiéndose tímido, se esforzó por mantener la compostura profesional y le dedicó una sonrisa llena de felicidad.
—Buenos días, Zoe... Por favor, disculpa mi atrevimiento de venir a tu casa así de imprevisto. Murmuró, llevándose una mano a la nuca con timidez.
Zoe llegó hasta el borde del sofá y negó con la cabeza, sonriendo con dulzura.
—No pasa nada, Dylan. Ayer por mensaje te dije que estaba bien que vinieras.
Ella miró de reojo a su familia, sintiéndose repentinamente avergonzada porque todos los ojos de la casa estaban clavados en ellos. Margaret, captando de inmediato la atmósfera íntima y el evidente magnetismo entre los dos jóvenes, reaccionó con la velocidad de una madre experta. Tomó a su esposo del brazo para empujarlo hacia el pasillo y, con la otra mano, jaló a sus hijos.
—¡Vamos, chicos! Allá en la otra habitación hay algo muy interesante que tenemos que ir a ver en este preciso momento... ¡Muévanse! Exclamó Margaret con un entusiasmo exagerado, guiñándole un ojo a Zoe a espaldas de Dylan.
Zoe sintió que se moría de la vergüenza por el obvio plan de escape de su madre, pero internamente le agradeció infinitamente la intervención.
Una vez que se quedaron completamente solos en la sala, la tensión se disipó y Zoe se sintió mucho más relajada. Señaló el mueble con un gesto suave.
—Sentémonos.
Dylan asintió feliz y ambos tomaron asiento en el sofá, uno al lado del otro. El médico se acomodó cerca de ella, pero manteniendo una distancia sumamente caballerosa para respetar su espacio personal.
—Zoe... la verdad es que me preocupé muchísimo por ti. Confesó Dylan, mirándola con sinceridad. —Esos dos días sin verte en la cafetería fueron muy difíciles para mí. Pero... ¡Logré hacerme amigo de tu compañero Sebastian! Le dijo, inflando sutilmente el pecho con orgullo.
Zoe soltó una carcajada llena de felicidad. Conociendo la personalidad de Dylan y por el críptico mensaje que le había mandado la noche anterior, estaba completamente segura de que el cirujano había provocado un desastre monumental antes de lograr pronunciar la frase "seamos amigos".
—Eso me alegra muchísimo, Dylan. Dijo ella, mirándolo con cariño. —Un día de estos podríamos salir los tres juntos.
Al escuchar aquello, los ojos de Dylan se abrieron de par en par, desbordantes de una emoción infantil. Jamás en su vida, ni siquiera durante su adolescencia, había tenido la oportunidad de salir en un plan de amigos debido a lo torpe que era para socializar. Sin poder contener su entusiasmo, tomó las manos de Zoe entre las suyas.
—¡Eso me encantaría muchísimo! Podría ser el próximo domingo, que es mi día libre. Propuso con una sonrisa radiante.
Zoe se quedó sin aliento por un segundo; nunca lo había visto expresar tanta emoción por algo tan simple. Sintió las manos de Dylan, cálidas, firmes, grandes y sorprendentemente suaves a pesar de ser un cirujano— envolviendo las suyas. El contacto físico hizo que sus mejillas se encendieran en un rojo vivo.
—Sí... sí, claro... Me parece una excelente idea. Logro responder con el corazón acelerado.
Dylan se percató de inmediato de su audacia y soltó sus manos con suavidad, bajando la mirada con rapidez mientras sentía que la vergüenza lo consumía.
—Lo siento... me dejé llevar. Murmuró, pensando que ella lo vería como un completo ridículo.
—No tienes por qué disculparte, Dylan. Si eso te hace feliz, entonces está perfecto. Lo tranquilizó ella con total dulzura. —Le diré a Sebastian; el domingo también es su día de descanso.
El ambiente se volvió sumamente cómodo entre los dos. Zoe lo observó detenidamente, debatiéndose internamente sobre si debía cruzar la línea de lo personal, pero finalmente se armó de valor.
—Dylan... Me dijiste que no tienes muchos amigos fuera del trabajo... ¿Puedo saber por qué?
El médico bajó la vista por un breve instante, asimilando la pregunta. Cuando volvió a levantar los ojos hacia ella, su mirada era firme pero teñida de una sutil tristeza.
—Es... una larga historia. Desde que era muy joven, nunca pude comunicarme bien con nadie... ni siquiera con mis propios padres. Más adelante, tras varias consultas, me diagnosticaron trastorno de ansiedad social. Explicó, dejando escapar una risita tímida y nerviosa al revelar un detalle que siempre había considerado vergonzoso.