Zoe abrió un poco los ojos, sorprendida. En ese instante, todas las piezas del rompecabezas encajaron en su mente: su timidez extrema, sus silencios, sus reacciones tiesas y su adorable rareza. Lejos de juzgarlo, una profunda oleada de ternura le inundó el pecho. Colocó con total delicadeza su mano sobre la de él.
—Debe haber sido muy difícil para ti, Dylan... Pero quiero que sepas que, aun así, me agradas muchísimo y te aprecio de una forma que no te imaginas. Ahora somos amigos, y los verdaderos amigos nunca se juzgan por esas cosas.
Dylan sintió una fuerte opresión en el pecho y un nudo instantáneo en la garganta. Nadie en su vida adulta le había dicho algo semejante; por lo general, la gente simplemente lo tachaba de "raro", "arrogante" o "inmaduro" debido a su distanciamiento social. Le dedicó una sonrisa genuina, con los ojos brillando de gratitud.
—Zoe... gracias. Que esas palabras vengan de ti... significa mucho para mí.
Ambos se quedaron mirándose fijamente a los ojos, sumergidos en una burbuja de intimidad que parecía haber detenido el tiempo en la sala. Dylan, sintiéndose más seguro que nunca, sonrió de lado.
—¿Puedo preguntarte algo, Zoe?
—Claro que sí, Dylan. Te escucho.
—¿Te molestaría si... empiezo a venir más seguido a tu casa? Preguntó con un hilo de timidez.
Zoe se ruborizó por completo, pero la emoción en su rostro fue imposible de ocultar.
—¡Claro que puedes venir! A mi familia le caíste de maravilla. Rio suavemente. —Les he hablado tanto de ti en estos meses que siempre me andaban preguntando por qué nunca te invitaba a la casa.
Dylan sintió un calor reconfortante expandirse por su pecho, borrando cualquier rastro de inseguridad.
—Y si quieres... Añadió Zoe con un guiño sumamente juguetón: —Hasta te puedes quedar a cenar con nosotros.
A Dylan se le encendieron las mejillas y asintió con la cabeza de forma rápida y entusiasta.
—Me encantaría, Zoe. De verdad que sí.
Sin darse cuenta, debido a la confianza del momento, ambos comenzaron a inclinarse el uno hacia el otro, reduciendo la distancia en el sillón. Mientras tanto, desde la esquina del pasillo, la cabeza de Hugo se asomó discretamente, seguida por la de Rafael.
—Oye... ¿Crees que se van a besar? Susurró Hugo, emocionado.
Rafael entrecerró los ojos, analizando la cercanía de la pareja, y sonrió de forma cómplice.
—Espero que sí... Dylan es genial. Incluso quiero que se quede más tarde para que juegue videojuegos con nosotros. ¡Tenemos que hacer que pase! "Plan: Dylan debe besar a Zoe" oficialmente activado.
Hugo asintió con la cabeza con total solemnidad, y ambos gemelos se retiraron de puntillas hacia la cocina para comenzar a maquinar su estrategia de emparejamiento.
Mientras tanto, ajeno por completo a la conspiración de los hermanos menores, Dylan sacó su teléfono celular con entusiasmo.
—Mira, aquí tengo las fotos de Milo que te prometí. Es un gato sumamente fotogénico. Dijo, mostrándole la pantalla.
Zoe se acercó para mirar, soltando risitas divertidas al ver algunas fotos donde el felino salía en posturas completamente graciosas y extrañas. Sin darse cuenta, terminaron pegado hombro con hombro, compartiendo el calor del momento.
—Tu gatito es precioso, Dylan... De verdad me encantaría conocerlo en persona algún día. Le comentó Zoe, mirando de reojo la cercanía de sus rostros.
Dylan se puso completamente rojo, pero la ilusión de la idea lo hizo sonreír de oreja a oreja. «¡Zoe en mi departamento! ¡Conociendo a Milo!», celebró internamente.
—A mí me encantaría recibirte... y estoy seguro de que a él también. En cuanto te recuperes por completo de este resfriado, yo mismo puedo venir por ti y llevarte, si así lo deseas.
Zoe sonrió grande, sintiendo que la emoción le ganaba la batalla a la fiebre. «¡Voy a ir a la casa de Dylan!», se emocionó mentalmente.
—Trato hecho. Me voy a recuperar lo más rápido posible, te lo prometo.
Se miraron una vez más, compartiendo una sonrisa silenciosa y cercana, sintiéndose, por alguna extraña, pero hermosa razón, completamente completos el uno al lado del otro.