¿después de ti quién?

Capítulo 26-1: El sabor de un hogar y un abrazo bajo el sereno

Las horas se pasaron volando entre hilos de conversación, risas compartidas y confidencias que iban tejiendo un lazo cada vez más estrecho entre los dos. El tiempo pareció detenerse en aquella sala hasta que un aroma verdaderamente delicioso, cálido y casero comenzó a filtrarse desde la cocina, inundando el ambiente. Casi al mismo tiempo, un sonoro y coordinado gruñido delató a los estómagos de ambos. Dylan y Zoe se miraron sorprendidos por un segundo antes de soltar una carcajada limpia al unísono.

En ese momento, Margaret asomó la cabeza por el arco de la entrada con una sonrisa radiante.

—Vengan, chicos, ya está lista la cena. Les dijo, llamándolos con un gesto dulce. —Deben tener muchísima hambre después de haber platicado tanto tiempo.

La mujer le dedicó un guiño cómplice a Zoe antes de regresar al comedor. Dylan se puso de pie de inmediato, pero la rigidez regresó a su cuerpo por puro reflejo social. Entró al comedor con pasos medidos, sintiéndose flotar en un terreno completamente desconocido para él.

—Con su permiso, señora Pearson. Murmuró con suma educación.

Al ver que la madre de Zoe comenzaba a acomodar los cubiertos y a servir los platos humeantes, el instinto servicial y caballeroso de Dylan se activó. Se acercó a la mesa a paso rápido, un tanto tímido pero decidido a ayudar.

—Señora Pearson... por favor, permítame ayudarle a servir la comida, si no le molesta.

Margaret se detuvo, lo miró con una ternura infinita y negó con la cabeza de forma sumamente gentil.

—¡Ay, no, para nada, querido! Los invitados no deben servir la mesa en esta casa. Tú siéntate, cariño, que debes estar muriéndote de hambre.

Dylan asintió con una timidez mansa y tomó asiento justo al lado de Zoe. Poco a poco, el resto de la familia se fue uniendo a la mesa. Los gemelos, Hugo y Rafael, se sentaron exactamente frente a ellos, observando cada movimiento del médico con ojos brillantes y traviesos, mientras que Peter Pearson tomó su lugar al costado derecho de su hija.

La cena transcurrió en una atmósfera sumamente animada, repleta de ruidos de cubiertos, risas y anécdotas familiares. Margaret, como toda madre orgullosa, no tardó en empezar a relatar divertidas historias de la infancia de sus hijos.

—¡Mamá! Por favor, no le digas eso... ¡Qué pena! —protestó Zoe, escondiendo el rostro entre las manos, completamente ruborizada, cuando su madre reveló una de sus travesuras de cuando tenía cinco años.

Dylan soltó una risa suave y genuina, contemplando la escena. Mientras saboreaba la deliciosa comida casera, una calidez desconocida comenzó a instalarse en su pecho, acompañada de una ligera incredulidad. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se había sentado a una mesa rodeado de tantas personas, de ruido, de calor humano... Por lo general, sus cenas se resumían en un plato silencioso en su barra de la cocina, con la única compañía de Milo maullando por un trozo de carne.

«¿Así... se siente tener una familia?», se preguntó internamente, con una sonrisa suave dibujada en los labios mientras continuaba escuchando el bullicio. Para su buena fortuna, Peter no tardó en sacarle una conversación bastante agradable sobre deportes y temas cotidianos, haciéndolo sentir parte del grupo.

Al terminar la cena, todos en la mesa dieron las gracias por los alimentos y comenzaron a levantarse. Fiel a sus principios, Dylan se puso de pie de inmediato y estiró la mano hacia el plato de Zoe.

—¿Me permites tu plato, Zoe? —le sonrió con timidez.

Zoe entró en un pánico instantáneo, intentando arrebatarle el plato.

—¡No! No, no, Dylan, por favor déjamelo a mí, yo me encargo de lavar todo.

Dylan negó con la cabeza con una terquedad sumamente caballerosa.

—Me invitaron a su mesa, me abrieron las puertas de su hogar y me dieron una comida maravillosa... Esto es lo menos que puedo hacer por ustedes, o me sentiré culpable y no podré dormir en toda la noche.

Zoe dejó escapar un suspiro rendido y asintió, con los ojos brillando de admiración. «Es tan generoso, servicial y lindo...», pensó para sí misma. Lo acompañó hacia la cocina cargando los vasos y los cubiertos restantes para no dejarlo solo.

Dylan se acercó al lavaplatos y, con movimientos pausados, se remangó la camisa elegante hasta los codos, revelando sus antebrazos firmes. Margaret, que iba entrando a dejar una bandeja, observó la escena con una sonrisa cómplice y retrocedió lentamente sobre sus pasos, dándoles su espacio una vez más.

El trabajo se dividió de forma natural: Dylan lavaba los platos con esmero y Zoe los secaba con un paño limpio, reanudando su charla en voz baja.

—Estar aquí esta noche fue sumamente divertido... Gracias de nuevo por haberme dejado venir, Zoe.

Zoe sonrió de par en par, sintiéndose tan feliz y plena que por unos instantes olvidó por completo el malestar del resfriado, aunque sus mejillas seguían algo coloradas por la fiebre.

—Gracias a ti, Dylan. Hacía mucho tiempo que no nos reíamos tanto en la mesa escuchando las anécdotas de alguien. Le admitió ella con voz dulce.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.