Cuando terminaron de dejar la cocina impecable, toda la familia Pearson se juntó en el recibidor principal para despedir al invitado. Dylan sintió una punzada de sutil tristeza al saber que era hora de marcharse, pero mantuvo su sonrisa agradecida.
—Muchísimas gracias por haberme permitido entrar a su hogar esta noche. Dijo, inclinando la cabeza con respeto.
Margaret sonrió con total alegría y negó con la mano.
—¡Para nada, querido! Nos alegraste el día por completo. Tienes que venir más seguido; la próxima vez que nos visites voy a preparar un pavo ahumado delicioso.
Dylan se iluminó por completo.
—Muchísimas gracias de verdad, señora Pearson. Su comida de hoy ha sido lo mejor que he probado en años.
Ambos se despidieron con un cálido abrazo. Acto seguido, Dylan le extendió la mano al señor Pearson, quien se la estrechó con firmeza y una sonrisa fraterna.
—Ve con cuidado de regreso a casa, hijo.
—Así lo haré, señor Pearson. Muchas gracias.
Finalmente, el médico se giró hacia los gemelos, quienes lo observaban con resignación. En sus mentes adolescentes, sabían perfectamente que habían perdido la primera batalla del "Plan Beso", pero estaban decididos a ganar la guerra más adelante. Dylan les extendió el puño con una sonrisa amigable. Hugo chocó su puño con el de él de inmediato.
—Vuelve pronto, Dylan. La próxima vez tienes que quedarte más tiempo para jugar videojuegos con nosotros.
—Claro que lo haré, muchachos. Hasta pronto.
La familia Pearson regresó al interior de la casa de forma estratégica, cerrando la puerta principal y dejando a Dylan y a Zoe completamente solos en el porche, envueltos por el sereno y la pacífica brisa de la noche.
—Hasta mañana, Zoe... Susurró Dylan, acomodándose el maletín. —Gracias de nuevo por todo.
Por alguna extraña y magnética razón, Zoe sintió que no quería que él cruzara ese porche para marcharse. Le dedicó una mirada brillante y llena de gratitud.
—De nada, Dylan... Aquí siempre vas a ser bienvenido. Y de verdad, muchísimas gracias por todas las compras que trajiste para mi familia, por los chocolates y por los medicamentos. Te prometo que me los voy a tomar al pie de la letra para poder recuperarme rápido... y mañana mismo poder hablar contigo o verte en el café en cuanto mejore.
Ambos se contemplaron en silencio, compartiendo una timidez hermosa bajo la luz del farol. Dudaron por un momento, sin saber muy bien cómo sellar la despedida, hasta que Zoe, armándose de un valor supremo, dio un paso firme hacia adelante y extendió los brazos.
—Hasta mañana, Dylan... Dijo, desviando la mirada hacia un costado, completamente apenada por su propia iniciativa.
Dylan abrió los ojos de par en par, sumamente sorprendido por el gesto, pero una oleada de intensa ternura lo invadió. Con total cuidado, como si sostuviera la porcelana más fina del mundo, la rodeó con sus brazos grandes y firmes. Al sentir el permiso directo de ella, el abrazo se volvió profundo, envolvente y sumamente cálido.
En ese microuniverso que crearon en el porche, por un breve segundo, los latidos de sus corazones parecieron sincronizarse en un mismo ritmo perfecto. El abrazo se prolongó un par de tiempos más de lo que dictaría una simple cortesía amistosa, permitiéndoles grabarse el aroma y el calor del otro.
Lentamente, se separaron, mirándose con las mejillas encendidas, pero con sonrisas que desbordaban una felicidad pura. Dylan se despidió con un sutil movimiento de mano, dio la vuelta y caminó hacia su auto con el paso más ligero que jamás había tenido. Subió al vehículo y encendió el motor, emprendiendo el viaje de regreso a su departamento con el alma desbordante de paz, listo para contarle cada detalle al sabio Milo.