En cuanto Dylan abrió la puerta de su departamento, la silueta peluda de Milo apareció de inmediato en el recibidor. Sin importarle dejar caer su maletín al suelo, el médico se agachó rápidamente, tomó al felino en brazos y comenzó a dar vueltas de pura felicidad en mitad de la sala.
—¡¡Milo!! No te imaginas el día tan increíble que tuve hoy... Le dijo Dylan con una sonrisa gigante, mientras el pobre gato pestañeaba mareado por los giros. —Los Pearson fueron sumamente amables conmigo. Al principio admito que me puse nervioso, ¡pero incluso me invitaron a cenar!
Con el corazón latiéndole a un ritmo alegre, Dylan caminó hacia su habitación sin soltar a su compañero. Dejó a Milo sobre el acolchado de la cama y comenzó a quitar sé su ropa elegante para ponerse algo cómodo para descansar.
—Te lo digo en serio, amigo... Zoe se miraba hermosísima, incluso estando enferma. Confesó en voz baja, con un tierno rubor cruzándole las mejillas. —Y su familia es tan cálida...
El cirujano se deslizó bajo las pesadas mantas, soltando un suspiro de absoluto cansancio físico, pero con el alma ligera. Milo, comprendiendo el estado de su dueño, caminó con pasos silenciosos y se acurrucó justo detrás de las sábanas, pegándose a su costado. Dylan estiró una mano para acariciarle la cabeza, mirando al techo en la oscuridad.
—¿Así... se siente ser parte de una familia? Susurró con una sonrisa suave antes de cerrar los ojos.
Milo soltó un maullido suave, una de pura aprobación y cariño, acomodándose mejor. Sabía perfectamente que, hasta ese momento, solo se habían tenido el uno al otro, y ver a su humano tan feliz era suficiente.
Al día siguiente, el despertador no sonó sino hasta las doce del mediodía. Dylan se estiró con pesadez; esa tarde le tocaba entrar a su guardia a las cinco de la tarde, lo que significaba afrontar un extenuante turno de veinticuatro horas seguidas en el hospital.
Aun vistiendo su pijama, se preparó un desayuno tardío y se sentó a la mesa junto a Milo. Mientras la televisión emitía algún programa de fondo, Dylan mantenía el teléfono cerca, intercambiando mensajes cortos con Zoe de vez en cuando, consciente de que ella ya estaba en su horario laboral.
Luego de limpiar la cocina, el médico miró fijamente al gato, quien lo observó de vuelta con sospecha.
—Lo siento, amigo, pero hoy te toca. Le dice Dylan, levantándose de la silla.
La sesión de baño se convirtió, como de costumbre, en una auténtica lucha por la supervivencia. Milo peleó con garras y dientes para evitar que sus patas tocaran el agua templada y tibia, maullando de forma aguda y ofendida mientras el cirujano, con paciencia infinita y movimientos sumamente precisos, lo enjabonaba a regañadientes.
—No me mires así, tienes que estar limpio. Le decía Dylan, esquivando un zarpazo mojado. —Si Zoe viene de visita pronto, tienes que estar presentable. Ella ya regresó a trabajar hoy porque se siente mucho mejor, ¿sabes?
Milo soltó un último maullido que sonó a una resignación bastante molesta. Una vez seco y esponjoso, el felino se dedicó a lamerse el pelaje en una esquina del sofá, ignorando olímpicamente a su dueño.
Antes de salir, Dylan se cambió al uniforme médico, preparó con cuidado un tazón gigante con abundante comida para su mascota y se agachó para darle un fuerte abrazo de despedida.
—Escucha bien, hoy tengo guardia de veinticuatro horas. Te estoy dejando suficiente comida, pero por favor no te lo comas todo de un solo bocado, ¿entendido? Regresaré mañana. Cuida bien del departamento.
Milo, ya limpio y de mejor humor, soltó dos maullidos cortos en señal de confirmación. Dylan sonrió, tomó sus llaves y partió rumbo al hospital. Al llegar, realizó su protocolo de entrada con total presión, se cambió de ropa y caminó por los pasillos con paso relajado, aprovechando los últimos minutos de paz antes de la tormenta que, inevitablemente, siempre aguardaba en urgencias.
Mientras tanto, en la cafetería, la jornada avanzaba con normalidad. Zoe, aunque todavía un poco afónica y vistiendo una mascarilla por precaución, atendía a los clientes con la misma amabilidad y dulzura de siempre.
—Muchísimas gracias, vuelva pronto. Le sonrió a un cliente regular antes de limpiar la barra.
Sebastian, que se encontraba un par de mesas más allá pasando un trapo húmedo, la miró de reojo y dejó escapar un suspiro de alivio.
—No sabes cuánto me alegra que estés de vuelta, Zoe... Te juro que, si faltabas un solo día más, ese tal Dylan me iba a dejar la reputación por los suelos con sus preguntas extrañas. Le comentó, ganándose una risa fuerte de Zoe, quien terminó tosiendo un poco debido al esfuerzo.
—Sí, Dylan me contó todo por mensaje... Fue verdaderamente gracioso. Y también me enteré de lo de Larry y Kevin. Añadió ella con una mirada pícara.
Sebastian se ruborizó por completo, sintiendo el golpe a su orgullo, pero decidió tomárselo con humor.
—¡Oye, no te rías de mí! En todo caso, deberías burlarte de ese cirujano. Él fue quien vino aquí a armar toda esa escena dramática en mitad de la cafetería. Respondió, con una sonrisa sin malicia.