—Créeme, conozco bien a Dylan y sé que no lo hizo con ninguna mala intención, lo prometo. Le aseguró Zoe, limpiando un vaso. —Es más... ayer estuvimos platicando y le propuse que saliéramos los tres juntos algún día para divertirnos y conocernos mejor. ¿Qué te parece?
Al escuchar la propuesta, la mente de Sebastian se desconectó por completo de la realidad, entrando en un bucle de pensamientos rápidos: «¿¡Salir con Zoe!?... Bueno, sí, va a ir el tipo ese... Pero es mejor que nada. Además, pensándolo bien, el tipo no es un mal hombre y tal vez de esa forma Zoe se dé cuenta de que yo soy mucho mejor partido que él».
Sumido en sus propias fantasías de conquista, Sebastian comenzó a sonreír con una complicidad interna tan evidente que, a los ojos de Zoe, resultaba sumamente cómica. No era raro verlo divagar y hablar consigo mismo en voz baja.
Zoe soltó una risita, agitando una mano frente a su rostro.
—Tierra llamando a Sebas... ¿Estás ahí?
Él sacudió la cabeza con rapidez, parpadeando un par de veces antes de regalarle una sonrisa un tanto avergonzada.
—Ah... ¡Sí, claro! Me parece una excelente idea, de verdad. Mi día de descanso es el próximo domingo, podríamos planear algo para esa fecha.
—¡Perfecto! Ya verás que Dylan te va a caer muy bien. Zoe asintió con la cabeza, entusiasmada.
Sebastian, sin embargo, estaba mucho más concentrado en cómo cortejarla durante la salida que en entablar una amistad con su antiguo rival. Al terminar el turno, ambos salieron juntos de la cafetería en dirección a la estación del metro. El viento de la tarde soplaba un poco fresco.
—Zoe, ¿quieres que te acompañe hasta tu casa? Le ofreció Sebastian con tono protector. —Todavía estás un poco enferma y no me gustaría que te pasara nada en el trayecto.
Zoe sonrió con total gentileza, pero negó con la cabeza de forma suave.
—Muchísimas gracias, Sebas, pero de verdad me siento mucho mejor. Además, tú también debes estar agotado tras la jornada de hoy; lo mejor es que vayas a descansar a tu casa. Quizás en otra ocasión.
Él dejó escapar un suspiro resignado, pero terminó por asentir con una sonrisa.
—Está bien... Cuídate mucho. Nos vemos mañana.
Mientras Zoe viajaba tranquila de regreso a su hogar, la guardia de Dylan en el hospital central se transformó en un auténtico y absoluto caos. Por los altavoces de emergencias se anunció la llegada masiva de heridos: un autobús de pasajeros se había quedado completamente sin frenos en la autopista principal, impactando de forma violenta.
Las ambulancias no dejaban de llegar con las sirenas sonando en mitad de la noche. Había decenas de heridos de gravedad, y el área de cirugía se convirtió en un campo de batalla en cuestión de minutos. Dylan se despojó de cualquier rastro de cansancio, activando su mente fría y calculadora de cirujano experto.
Fue una operación tras otra. El tiempo dejó de existir; las horas se diluyeron entre el sonido de los monitores, el olor a antiséptico y la tremenda presión de tener vidas humanas pendiendo de un hilo entre sus manos. Todos los médicos especialistas se encontraban en las mismas condiciones, entregando hasta el último gramo de energía en los quirófanos.
Cuando el reloj marcó la madrugada profunda, la jornada médica finalmente comenzó a calmarse. Dylan salió de la última sala de operaciones, con el uniforme de quirófano y los guantes visiblemente manchados de sangre. Se quitó la mascarilla con manos temblorosas por el esfuerzo físico. A pesar de haber luchado con todas sus fuerzas y conocimientos, tres de los pacientes que llegaron en estado más crítico no lograron sobrevivir.
Su mente lógica sabía perfectamente que sus heridas eran incompatibles con la vida y que médicamente se había hecho todo lo humanamente posible. Sin embargo, el peso emocional siempre encontraba una grieta por donde colarse para entrar en la mente de Dylan. Con el rostro serio, desprovisto de cualquier emoción aparente y manteniendo esa distancia profesional y fría que se requería de un médico en momentos así, Dylan se dirigió a la sala de espera para hablar con las familias.
Los gritos de dolor, el llanto desconsolado y los abrazos desesperados de los familiares llenaron el pasillo en cuanto el doctor Collins pronunció las fatídicas palabras:
—Lo siento mucho... Se hizo todo lo que estuvo en nuestras manos... pero sus cuerpos no resistieron. Al menos, ya están descansando en paz. En unos minutos trasladaremos los cuerpos a la morgue para que puedan dar inicio a los trámites del funeral.
Sus palabras sonaron firmes, empáticas pero distantes, ofreciendo un soporte maduro para las familias. Sin embargo, por dentro, una voz oscura e hiriente comenzó a susurrarle en el oído:
«Debiste haber sido más rápido... Debiste haber hecho más... Eres un completo fracaso...»
Dylan se dio la vuelta en silencio y caminó por los largos pasillos blancos hacia los vestidores. Se cambió de uniforme, intentando ahogar los pensamientos autodestructivos, pero la frase se repetía una y otra vez en su cabeza como un eco diseñado para ser tortuoso: «Debí hacer más...». Incluso cuando tuvo que entrar a una última intervención menor antes de que terminara su turno, su mente continuaba castigándolo a pesar de haber salvado a la gran mayoría de los pacientes esa noche.