Dylan cruzó el umbral de su departamento con la cabeza gacha, arrastrando los pies como si cargara el peso del mundo entero sobre los hombros. En el recibidor, la silueta de Milo apareció de inmediato. El médico apenas tuvo fuerzas para agacharse y dejar una caricia descuidada sobre el lomo de su amigo, antes de avanzar con pasos lentos y torpes directos hacia la habitación.
Se dejó caer sobre la cama de lado, con la mirada fija en un punto inexistente de la pared. El silencio de la casa comenzó a llenarse con sus propios pensamientos, una marea densa que amenazaba con hundirlo. Para intentar salvarse, Dylan pensó el rostro de Zoe, recordando que ella lo esperaba esa mañana en la cafetería, pero no pudo ir a verla. Una leve sonrisa melancólica curvó sus labios por un segundo, pero la terca realidad de su profesión lo golpeó de vuelta.
El eco imaginario de los monitores cardíacos regresó a sus oídos. Esas tres vidas se habían apagado. Dylan cerró los ojos con fuerza, hundiendo los dedos en las sábanas.
—Basta, Dylan... Se regañó a sí mismo con una voz ronca y rasposa por el cansancio. —No pudiste hacer más... no porque no quisieras. Simplemente, médicamente no se pudo...
Sin embargo, el cansancio mental suele ser traicionero, y una voz interna y cruel le susurró con fuerza: «Eso solo lo dice un mediocre. Murieron bajo tu guardia. Fue tu culpa».
Dylan sacudió la cabeza con violencia, apretando la almohada bajo su agarre en un intento desesperado por acallar la culpa. Milo, que había entrado a la habitación en silencio y observaba a su humano ser consumido por sus propios pensamientos, decidió que era momento de entrar al rescate. El felino saltó ágilmente a la cama, soltó un maullido agudo y comenzó a frotar su rostro peludo directamente contra las mejillas y la nariz del médico.
El constante cosquilleo y el ronroneo vibrante de Milo lograron romper el bucle de pensamientos oscuros. Dylan abrió los ojos, suavizando el rostro, y rodeó al gato con sus grandes brazos para pegarlo a su pecho.
—Gracias, amigo... Murmuró con una sonrisa pequeñita y cansada.
Vencido por el agotamiento extremo de veinticuatro horas de lucha, Dylan cerró los ojos y se quedó profundamente dormido en un instante, sin molestarse en cambiarse de ropa y con los zapatos aún puestos.
A la mañana siguiente, la campanilla de The Daily Blend sonó con su habitual alegría. Dylan cruzó la puerta vistiendo una sonrisa perfectamente ensayada, dispuesto a actuar como si absolutamente nada hubiera pasado en su última guardia. Detrás de la barra, Zoe lo recibió con una energía renovada, luciendo muchísimo mejor y completamente recuperada de la fiebre.
—¡Buenos días, Dylan! Saludó con una chispa alegre en los ojos.
Dylan sintió que el corazón se le aligeraba un poco al verla sana. Se acercó al mostrador con paso pausado.
—Buenos días, Zoe... Te ves muchísimo mejor, de verdad me alegra mucho verte así.
Zoe asintió, con una sonrisa radiante mientras tomaba un vaso para prepararle su café de todas las mañanas.
—Sí, y todo es gracias a ti. Los medicamentos que me llevaste a casa me ayudaron de maravilla, se nota que los elegiste bien. Por algo eres un médico tan increíble. Le dijo, guiñándole un ojo con total complicidad.
Las palabras de Zoe, aunque llenas de cariño y admiración, provocaron un sutil pinchazo en el pecho de Dylan. «Por... eso soy médico...», pensó internamente, mientras los flashbacks de las luces del quirófano y los rostros de los familiares de la noche anterior amenazaban con regresar. El cirujano forzó una sonrisa débil, pero sumamente gentil para ocultar la pesadez que siempre lleva en los hombros a pesar de todo.
—Tienes razón... Por eso soy uno. Respondió con una voz suave, un tanto fatigada pero cargada de dulzura. —Para poder ayudar a las personas y preservar lo que más se pueda.
Zoe, que conocía bien los matices de su voz y sus sutiles cambios de postura, notó de inmediato la nota de tristeza y el cansancio oculto tras sus ojos. Apoyó los brazos en la barra, inclinándose un poco hacia él con una idea para distraerlo de lo que sea que lo estuviera agobiando.
—¿Sabes? Sebastian me dijo ayer que el próximo domingo podemos salir los tres juntos en plan de amigos. Anunció Zoe con entusiasmo. — Estaba pensando... ¿Qué te parece si vamos al parque de diversiones?
La sorpresa borró cualquier rastro de melancolía en el rostro de Dylan. Sus ojos se iluminaron y asintió repetidamente con la cabeza, con el entusiasmo puro de un niño pequeño.
—¡Claro! Me fascina la idea, Zoe. La verdad es que nunca he ido a un parque de diversiones, pero estoy completamente seguro de que será sumamente divertido si voy con ustedes.
Justo en ese momento, Sebastian pasó por detrás de la barra cargando una pila de cajas de insumos. Al escuchar la conversación, detuvo su paso y miró a Dylan de reojo. Dylan, al notar su presencia, le dedicó una sonrisa sincera.
—Buenos días, amigo. Saludó el médico con total naturalidad.
Sebastian lo observó por un segundo con su habitual expresión neutral y un tanto aburrida, pero al escuchar la palabra "amigo", no pudo evitar soltar una risita baja mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro. Dejó las cajas sobre el mostrador de forma cuidadosa.