¿después de ti quién?

Capítulo 29: Planes de jueves y la hospitalidad de Milo

El sol de la mañana siguiente trajo consigo una atmósfera mucho más ligera y pacífica. Dylan empujó la puerta de The Daily Blend haciendo que la campanilla haga un tintineo. El cansancio de las extenuantes guardias pasadas todavía se reflejaba en sus ojos y en la sutil pesadez de sus hombros, pero su rostro lucía notablemente relajado, despojado de la tormenta interna que lo había abrumado el día anterior.

Al entrar, el panorama le resultó sumamente acogedor: Zoe se encontraba un poco más allá limpiando con esmero algunas de las mesas de madera, mientras que Sebastian permanecía detrás de la barra acomodando los vasos. Al notar la presencia del médico, ambos levantaron la mirada.

—Buenos días, Sebastian. Saludó Dylan, regalándole una sonrisa genuina y tranquila.

Sebastian lo observó con su habitual expresión aburrida y neutral, pero una pizca de alivio cruzó sus ojos antes de que una leve sonrisa se dibujara en sus labios.

—Buenos días, Dylan... Respondió el barista, apoyando una mano en el mostrador. —A ver, ¿qué le sirvo hoy al doctor?

Dylan lo pensó por un par de segundos, paseando la mirada por el menú de la pared antes de sonreír con timidez.

—Dame un té matcha para llevar, por favor.

Sebastian asintió con un gesto limpio y se dio la vuelta de inmediato para comenzar a preparar la infusión. Justo en ese momento, Zoe dejó el paño sobre una mesa y se acercó a paso alegre a la barra, con los ojos brillándole de entusiasmo.

—¡Buenos días, Dylan! Saludó con una calidez que terminó por espantar el cansancio residual del cirujano.

—Buenos días, Zoe. Respondió él, con un tono sumamente tierno y caballeroso. —¿Cómo te encuentras hoy?

Zoe sonrió grande, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

—¡Muy bien, de verdad! Ya me siento genial, el resfriado quedó completamente en el pasado. Y sabes... estaba pensando que, como ya recuperé mis fuerzas por completo, finalmente podrías llevarme a conocer a Milo. Le dijo, guiñándole un ojo de forma sumamente pícara y dulce.

Al escuchar la propuesta, Dylan sintió un vuelco en el corazón y sus mejillas se tiñeron de un intenso color rojo. «Es verdad... le prometí que la invitaría a mi departamento en cuanto se sintiera mejor... Qué emoción, ¡Zoe va a ir a mi departamento!», pensó, sintiendo un maravilloso cosquilleo en el estómago.

—Claro... me parece una idea fantástica, Zoe. Logró decir, aclarándose la garganta para disimular los nervios—. Mi próximo día de descanso es el jueves. ¿Te parece bien ese día?

Zoe asintió con un entusiasmo desbordante.

—¡Sí! Me parece perfecto. Yo también tengo mi descanso el jueves.

Los dos se quedaron mirando fijos a los ojos durante un segundo que pareció eterno, envueltos en un silencio cómodo y lleno de una timidez hermosa, hasta que ambos desviaron la mirada al mismo tiempo, un tanto ruborizados.

—Con gusto... A Milo le va a encantar conocerte al fin. Añadió Dylan con voz suave, rompiendo el trance.

Zoe sonrió y se inclinó un poco más hacia él sobre la barra de madera, curioseando.

—¿Y qué pediste hoy, Dylan?

Dylan señaló sutilmente la pizarra de la pared con un dedo.

—Un té matcha.

Zoe asintió, visiblemente satisfecha con la elección del cirujano, y soltó una risita clara.

—Muy bien, veo que ya estás aprendiendo que en este mundo existen más cosas además de tu habitual café de petróleo.

Dylan no pudo evitar contagiar la risa de Zoe, soltando una carcajada suave. Sin embargo, la burbuja de complicidad se rompió de golpe cuando Sebastian se aclaró la garganta con fastidio fingido. El barista llevaba literalmente cinco minutos parado justo al lado de ellos, con una postura completamente neutral y sosteniendo el vaso de té matcha para llevar en la mano derecha.

—A ver... ¿Sí lo vas a tomar o no? Preguntó Sebastian, arqueando una ceja. —Se me está empezando a entumecer la mano aquí parado... Además... de verdad me dan un poco de pena ajena. Por favor, tengan la amabilidad de coquetear enfrente de alguien que no sea yo.

Dylan, poniéndose instantáneamente tan rojo como un tomate maduro, estiró la mano rápidamente y tomó el vaso térmico con dedos temblorosos.

—Lo siento mucho, Sebastian... De verdad no me di cuenta de que ya habías terminado de prepararlo. Se disculpó el, sumamente nervioso.

Sebastian rodó los ojos con dramatismo, pero la comisura de su labio se elevó.

—Como sea... Ten un buen día, Dylan. Y espero que descanses de verdad; por favor, ya no vengas por aquí deprimido, que me da mucha cosa verte así. Añadió Sebastian, cruzándose de brazos y fingiendo una irritación absoluta para ocultar su propia preocupación.

Zoe soltó una risa avergonzada, cubriéndose la boca con una mano.

—Lo siento mucho, Sebas... Pero eres sumamente lindo por preocuparte de esa forma por Dylan.

Al verse expuesto, Sebastian se puso completamente colorado y negó rápidamente con la cabeza, dando un paso hacia atrás.

—¡Claro que no! Para nada. Solo me da pena ajena que este tipo venga de repente a la cafetería con esa cara de perro abandonado que pone, eso es todo, Zoe.




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