A la mañana siguiente, el mensaje seguía sobre la mesa, mirándola como una advertencia silenciosa que no podía ignorar. Intentó calmarse pensando que quizás se trataba de una broma de muy mal gusto o de alguien que quería asustarla, pero en el fondo de su corazón sentía que algo mucho más grande y peligroso se estaba moviendo a su alrededor, algo que llevaba tiempo preparándose sin que ella se diera cuenta. No podía dejarlo pasar, porque su nombre y su futuro estaban en juego.
Decidió ir a la sede de las autoridades para contar lo que había pasado en su trabajo y mostrarles el mensaje que había recibido. Se preparó con todos los papeles que tenía a mano y se dirigió con paso firme, aunque por dentro sentía que se le caía el mundo encima. Pero cuando terminó de hablar y explicó su situación, la miraron con desconfianza, como si estuviera inventando todo para evadir su responsabilidad.
—Sin pruebas reales y tangibles no podemos hacer nada —le dijeron con sequedad—. La firma es idéntica a la tuya, y ese papel no significa nada. Probablemente sea el estrés por lo que pasó lo que te hace ver cosas donde no las hay.
Salió de allí sintiéndose más sola que nunca, con la certeza de que nadie iba a ayudarla si ella misma no luchaba por su verdad. Al volver a su edificio, notó algo que le heló la sangre: el cerrojo de su puerta tenía unas marcas finas y recientes, como si alguien hubiera intentado abrirlo con una ganzúa poco antes de que ella llegara. Entró rápidamente, cerró con llave y puso una silla pesada contra la manija para estar más segura.
Revisó cada rincón de su casa con el corazón a mil por hora, abriendo armarios, mirando debajo de la cama y comprobando las ventanas. No faltaba ninguna de sus cosas ni objetos de valor, pero había algo extraño: sus libros de contabilidad, sus cuadernos personales y las fotos de su familia estaban desordenados, como si alguien los hubiera hojeado buscando algo en específico durante mucho tiempo. Pasó el resto del día encerrada, sin atender el teléfono ni abrir la puerta a nadie, ni siquiera a los vecinos que pasaban por el pasillo y saludaban amablemente. Cada ruido que venía de la calle o del piso de arriba le parecía una amenaza que se acercaba poco a poco.
Cuando cayó la noche, el silencio se volvió más pesado y difícil de soportar. Estaba a punto de irse a acostar, pensando en qué podría hacer al día siguiente, cuando escuchó pasos lentos y pesados en el pasillo exterior. Se detuvieron justo frente a su puerta, y ella supo con certeza que no eran los pasos de un vecino que regresaba a su casa. Sofía se quedó inmóvil detrás del mueble más cercano, conteniendo la respiración hasta que le dolían los pulmones, esperando a ver qué pasaba.
Esperó lo que parecieron horas eternas, escuchando solo el latido de su propio corazón retumbando en sus oídos. Los pasos no se movieron ni un centímetro durante varios minutos. Y justo cuando ella pensaba que se habían ido o que se trataba de su imaginación, escuchó una voz muy baja y ronca que decía desde el otro lado de la madera, tan cerca que casi podía sentir el aliento:
—Sabemos dónde estás. No intentes ocultarte, porque no vas a poder escapar nunca.
Editado: 16.08.2026