La semana transcurrió con una calma aparente. Tras la visita de la familia de Iván, Emma creyó que lo más difícil había quedado atrás. El vínculo entre ellos parecía más fuerte que nunca: las llamadas eran constantes, los mensajes dulces, y las miradas en cada encuentro decían más de lo que las palabras podían expresar.
Pero justo cuando pensaba que nada podía romper la armonía, la vida —caprichosa y puntual— trajo a la superficie lo que había estado oculto bajo las aguas del silencio.
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Era viernes. Emma llegó al departamento de Iván con una botella de vino en la mano y una sonrisa cansada. Había tenido una semana de mucho trabajo y lo único que deseaba era una noche tranquila a su lado. Al entrar, encontró el ambiente más tenso de lo habitual. La televisión estaba encendida, pero sin volumen. Iván miraba fijamente la pantalla sin prestar atención.
—¿Todo bien? —preguntó, mientras dejaba su bolso en el sofá.
—Sí. Bueno… no lo sé. Tenemos que hablar.
Esa frase. Emma conocía bien su carga. Era la antesala del abismo.
—Dime —respondió, sentándose frente a él.
Iván se frotó las manos. Bajó la mirada. Respiró hondo.
—Hoy alguien vino a mi oficina. Una mujer. Se llama Paula.
Emma no reaccionó de inmediato.
—¿Y…?
—Es mi ex. Una con la que estuve justo antes de conocerte. Lo nuestro terminó mal. Muy mal.
—¿Y qué quiere ahora?
—Eso es lo que vine a contarte. Dice que está embarazada. Y que el hijo es mío.
Emma sintió cómo la sangre abandonaba sus mejillas. El corazón le latía como si fuera a romperle el pecho.
—¿Cuánto tiempo tiene de embarazo?
—Dice que tres meses.
Emma se levantó sin decir palabra. Caminó hacia la ventana. Necesitaba aire. Necesitaba no ahogarse.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no lo sabía, Emma. Te juro que no lo sabía.
—Pero si estuviste con ella casi al mismo tiempo que conmigo…
—Nos vimos por última vez unos días antes de conocerte. Fue algo breve. Ya estaba todo roto entre nosotros. Pero sí, pasó.
Emma cerró los ojos. Las imágenes de ellos dos juntos se le clavaban como vidrios en la memoria.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—Voy a hacerme la prueba de ADN, claro. Y si es mío… voy a responder como padre. Pero te amo a ti, Emma. Esto no cambia lo que siento. No cambia lo que hemos construido.
—Claro que cambia. Cambia todo.
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Durante los días siguientes, Emma evitó a Iván. Necesitaba pensar. Poner en orden el caos. ¿Qué era más fuerte: el amor que sentía por él, o el miedo a un futuro compartido con un pasado que no le pertenecía?
Pasó horas en el parque, en su estudio, caminando sin rumbo por las calles de Quito. Y cada paso la alejaba un poco más de la certeza.
Iván la llamó, le escribió, fue a buscarla, pero ella no respondió. Tenía que hacerlo sola.
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Una tarde, en medio de un café frío y una libreta llena de pensamientos desordenados, Emma habló con Clara, una de las pocas amigas que había estado siempre a su lado.
—No sé si podré con esto. No se trata solo de un hijo, Clara. Es el hecho de que todo lo que soñamos ahora cambia.
—¿Y no será que te duele más lo que representa que lo que es?
—¿Cómo así?
—Tú vienes de una historia donde fuiste traicionada. Donde tu ex te destrozó. Y ahora temes que esto se repita. Pero Iván no te mintió. Solo se topó con su pasado en medio del camino.
—¿Y si no estoy lista para lidiar con eso?
—Entonces al menos sé honesta contigo. No huyas por miedo. Si te vas, que sea por certeza, no por heridas antiguas.
Emma guardó silencio. Las palabras de Clara retumbaban en su mente.
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Días después, Iván la esperó frente a su casa. No dijo nada. Solo le entregó un sobre.
—Es el resultado de la prueba de ADN. No es mío. Pero incluso si lo fuera… te habría elegido a ti todos los días. Tú eres mi ahora, Emma.
Ella abrió el sobre con manos temblorosas. Leyó. Confirmó. Sintió un peso que abandonaba sus hombros.
Pero más allá de la prueba, lo que más le conmovió fue ver que Iván había estado dispuesto a enfrentar las consecuencias, sin esconderse. A asumir, aunque eso implicara perderla.
Emma se acercó. Lo miró a los ojos.
—Tengo miedo —le confesó.
—Yo también. Pero eso no significa que no valga la pena intentarlo.
—¿Y si un día me rompes?
—Entonces me quedaré para recogerte. Y reconstruirte. Aunque sea ladrillo por ladrillo.
Se abrazaron ahí, en medio de la noche, con la certeza de que el amor no es la ausencia de conflictos, sino la voluntad de enfrentarlos juntos.
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Esa noche no hicieron el amor. Se durmieron abrazados, como niños asustados, como dos corazones que habían sobrevivido a otra tormenta.
Y en ese silencio, Emma entendió que a veces lo más valiente no es seguir adelante... sino quedarse.