El otoño comenzaba a cubrir la ciudad con hojas ocres, como si la tierra intentara vestirse de melancolía. Emma despertó antes del amanecer, con una sensación inquietante en el pecho, como si el día viniera cargado de palabras no dichas.
Iván dormía a su lado, con el brazo extendido hacia donde ella ya no estaba. Habían compartido muchas noches desde aquel reencuentro emocional, pero el silencio entre ellos era cada vez más espeso. Las conversaciones se habían vuelto cuidadosas, demasiado correctas. Como si ambos supieran que algo se había fracturado y ninguno se atreviera a mirar directamente la grieta.
Emma se vistió en la penumbra, intentando no despertar a Iván. Preparó café, lo sirvió en la taza que él solía usar, pero la dejó en la encimera sin beber. La vibración de su celular sobre la mesa interrumpió la quietud de la cocina. Un mensaje de su antigua jefa, Luciana, con quien no hablaba desde hacía más de un año.
> “Emma, se abrió una vacante internacional en la oficina de Lisboa. Me acordé de ti. ¿Te interesa hablarlo?”
La taza tembló entre sus dedos.
Lisboa.
Un nuevo continente. Un nuevo comienzo. Un reto. Una salida.
Una puerta.
Emma releyó el mensaje al menos diez veces. Sentía que el destino, o la vida, o quizá esa parte de sí misma que aún no se rendía, le estaba empujando hacia un abismo… o una oportunidad de volar.
Volvió al dormitorio con pasos suaves. Iván ya estaba despierto, aunque fingía dormir. Emma se sentó al borde de la cama. Lo observó un momento.
—¿Estás bien? —susurró.
Iván abrió los ojos con lentitud. Había algo en su mirada, una sombra.
—Sí… ¿y tú?
Ella dudó. Luego, sin saber por qué, lo dijo.
—Me ofrecieron un puesto en Lisboa. Es… una gran oportunidad.
Él se sentó de golpe, sorprendido.
—¿Te vas?
—No lo sé. Solo me ofrecieron hablarlo.
Hubo un silencio incómodo. Iván se pasó la mano por el cabello, frustrado.
—¿Y ni siquiera lo hablamos antes?
—¿Cuándo fue la última vez que hablamos de verdad, Iván?
La pregunta flotó entre ellos como una sentencia.
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Emma salió a caminar sin rumbo. No podía pensar con claridad. En los parques, las hojas caídas crujían bajo sus pasos, y los niños reían ajenos al mundo de los adultos que se despedazaba por dentro.
Recordó algo que su madre solía decir: “A veces, para saber si amas a alguien, debes alejarte lo suficiente como para extrañarlo sin necesidad de regresar.”
¿Qué era lo que la retenía? ¿El amor? ¿El miedo a volver a empezar? ¿La culpa de irse cuando al fin alguien la había elegido con sinceridad?
Pero algo en su pecho le decía que el amor verdadero no exige quedarse cuando el alma pide volar.
Esa noche, en su diario, escribió:
> “Quiero ser libre sin sentir que pierdo. Quiero volar sin que eso signifique abandonar. Y si alguien me ama de verdad, me querrá con alas, no con jaulas.”
Cerró el cuaderno. La decisión aún no estaba tomada. Pero el camino ya se abría, inevitable, frente a ella.