La brisa del río Tajo era fresca, pero no fría. Emma y Daniel caminaron por la ribera como si no existiera el resto del mundo. Los pasos de ambos resonaban acompasados en el empedrado, y a cada instante, Emma sentía que algo dentro de ella iba recomponiéndose.
Cuando llegaron a un pequeño muelle de madera, se sentaron al borde, con los pies colgando sobre el agua oscura. El silencio era cómodo, como si no hiciera falta decir nada. Pero fue Emma quien rompió el momento, con una voz temblorosa, aunque llena de sinceridad.
—Daniel… gracias por estar aquí. No sabes cuánto significa para mí.
Él la miró, con esa forma serena que tenía de escucharla siempre con toda su atención.
—No tienes que agradecerme, Emma. Me siento afortunado de poder acompañarte en este proceso. Ver cómo te liberas… es inspirador.
Emma bajó la mirada y jugueteó con sus manos.
—A veces siento miedo. De volver a caer. De repetir lo mismo.
Daniel tomó su mano suavemente y la entrelazó con la suya.
—Ese miedo es normal. Pero no eres la misma de antes. Hoy eres más fuerte, más consciente, más dueña de ti misma. Y créeme… cuando alguien se atreve a quemar su pasado, está lista para encender su futuro.
Sus palabras tocaron fibras profundas en Emma. Sintió un calor en el pecho que no tenía que ver con vergüenza ni con dolor, sino con algo nuevo: esperanza.
El silencio regresó, pero ya no era de incertidumbre, sino de conexión. Emma levantó los ojos hacia Daniel y lo encontró observándola con ternura. Se sorprendió al descubrir que no sentía la necesidad de apartar la mirada. Había confianza, había complicidad, y había algo más… algo que latía entre ambos como una chispa invisible.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Emma, intentando sonar ligera, aunque su corazón golpeaba con fuerza.
Daniel sonrió, ladeando un poco la cabeza.
—Porque me impresiona la mujer que tengo enfrente. No solo la periodista talentosa, ni la luchadora que no se rinde… sino la persona que, a pesar de haber sufrido tanto, aún tiene la capacidad de sonreír y soñar.
Emma se mordió el labio, nerviosa. Nunca nadie había descrito su esencia de esa manera. Y entonces ocurrió: un silencio cargado, una cercanía inevitable. Daniel acercó lentamente su rostro al de ella, dándole tiempo de apartarse si lo deseaba. Pero Emma no se movió. Cerró los ojos y permitió que sus labios se encontraran en un beso suave, tierno, que no exigía nada más que honestidad.
El tiempo pareció detenerse. No había pasado ni presente, solo ese instante donde dos almas que habían estado buscándose sin saberlo finalmente se reconocían.
Cuando se separaron, Emma apoyó la frente en el hombro de Daniel y rió, nerviosa, pero feliz.
—No sé si estoy lista para esto… —susurró.
Daniel la abrazó con calma.
—No hay prisa, Emma. No quiero apresurarte a nada. Solo quiero estar aquí, acompañándote, sea como sea.
Esa seguridad, esa ausencia de presión, fue lo que más conmovió a Emma. Comprendió que lo que sentía no era una ilusión pasajera ni una dependencia disfrazada, como lo que había vivido con Iván. Esto era distinto. Esto era libre.
Mientras la luna ascendía en el cielo, reflejándose en las aguas tranquilas, Emma supo que acababa de dar un paso crucial: había soltado las cadenas del pasado y había abierto su corazón a la posibilidad de un amor verdadero.
El capítulo de Iván había terminado. El de Daniel apenas comenzaba.