El silencio en el café se volvía más denso a cada segundo. El sonido de las tazas al chocar con los platillos y el murmullo de las cucharillas revolviendo el café eran lo único que interrumpía aquella tensión.
Emma sostuvo la mirada de Iván, esta vez sin miedo. Por primera vez no lo veía como el hombre que la había deslumbrado ni como la sombra que la atormentaba, sino como lo que realmente era: un pasado superado.
—¿Sabes, Iván? —empezó, con voz firme—. Durante mucho tiempo pensé que yo había sido la culpable, que algo en mí había fallado para que me traicionaras.
Los ojos de Iván parpadearon, incómodos. Intentó sonreír, pero no logró ocultar el temblor de sus labios.
—Emma… no es el lugar ni el momento.
Ella dio un paso al frente.
—Es exactamente el lugar y el momento. Porque por años llevé tu engaño como un secreto vergonzoso, como si yo hubiera tenido que esconderme. Hoy no.
El murmullo del público creció. Una señora mayor, desde una mesa cercana, la miraba con curiosidad. Una pareja dejó de comer sus croissants y observaba la escena con atención.
Iván trató de interrumpirla.
—No tienes por qué hablar de esto aquí.
Emma apretó los puños, pero su voz no tembló.
—Me usaste, me hiciste creer que éramos un equipo, que compartíamos un sueño. Y mientras yo entregaba mi corazón y mis fuerzas, tú ya lo compartías con alguien más.
La incomodidad se hizo evidente en el rostro de los hombres que acompañaban a Iván. Uno de ellos carraspeó, otro bajó la mirada.
Iván levantó la voz, en un intento desesperado de controlar la situación.
—¡Basta, Emma! No es cierto.
Emma dio un paso más cerca de él, y el sonido de sus tacones contra el suelo resonó como un martillazo en la tensión del lugar.
—Es totalmente cierto, Iván. Yo era la mujer que te esperaba en casa, que confiaba en ti, mientras tú construías mentiras. ¿Quieres que siga? ¿Quieres que cuente cómo me dejaste sin explicaciones, sin más que las migajas de tus excusas?
Iván respiraba agitado, y por primera vez la gente no lo miraba con admiración sino con reproche. El disfraz de caballero elegante se le caía a pedazos frente a las miradas ajenas.
Emma sintió la mano de Daniel en su hombro. Era un recordatorio de que no estaba sola. Tomó aire y concluyó:
—Hoy no hablo para ti, Iván. Hablo para mí. Para cerrar un capítulo que ya no me pertenece.
Un silencio absoluto cubrió el café. Luego, algunos clientes asintieron con gestos de aprobación. Una mujer joven incluso murmuró: “Valiente”.
Emma sonrió con calma. Por primera vez en mucho tiempo, no temblaba.