Iván tragó saliva, su rostro tornándose rojo por la ira contenida. La multitud del café lo miraba con creciente reproche, y por primera vez, él parecía vulnerable, fuera de su zona de control.
—Emma… —comenzó, con un hilo de voz—. No puedes hablar así de mí frente a todos.
—¿Por qué no? —respondió ella con firmeza—. Porque ya no tengo miedo. Ya no tienes poder sobre mi vida.
Daniel se colocó a su lado, firmemente, sosteniendo la mirada de Iván. Su presencia era tranquila, pero firme, un muro que Emma podía sentir detrás de ella.
—Emma tiene razón —dijo Daniel con voz profunda—. Y creo que es momento de que entiendas que tu tiempo de manipulación terminó.
Iván se volvió hacia él, confundido y molesto.
—¿Y tú quién eres para interponerte?
—Soy alguien que la respeta y la ama —respondió Daniel—. Y no permitiré que tu sombra vuelva a amenazar lo que ella ha construido.
El ambiente en el café se volvió casi eléctrico. Los clientes observaban atentos, conscientes de que estaban presenciando un enfrentamiento histórico. Iván, que alguna vez había sido intimidante, ahora se sentía acorralado.
Emma respiró hondo, sintiendo la fuerza del apoyo de Daniel y de su propia convicción.
—Iván, hoy no estoy aquí para pelear contigo. Estoy aquí para decirte que ya no tienes control sobre mi vida. Cada paso que doy, cada logro que alcanzo, cada decisión que tomo… ya no depende de ti.
Él abrió la boca, pero no encontró palabras que tuvieran fuerza suficiente. La realidad lo golpeaba: la mujer que había intentado destruir con engaños y traiciones estaba de pie frente a él, más fuerte y segura que nunca.
Daniel le tomó la mano a Emma y la miró con orgullo.
—Vamos, Emma. Este capítulo terminó.
Emma asintió, sintiendo un alivio profundo. Con un último vistazo a Iván, se giró y salió del café, dejando atrás no solo a él, sino también a todo el dolor que había cargado durante años. Daniel la siguió, cerrando simbólicamente la puerta al pasado.
Mientras caminaban por la calle, bajo la lluvia ligera que caía sobre Lisboa, Emma sintió una mezcla de libertad y felicidad. Su corazón ya no estaba encadenado a alguien que no la valoraba. Ahora, caminaba junto a alguien que la respetaba, la apoyaba y la amaba por lo que era.
Esa tarde, Lisboa parecía más luminosa, y Emma supo que la verdadera batalla por su vida y su felicidad había comenzado… y que esta vez, no estaba sola.