Recibí una llamada de mi mamá.
—Cariño, ¿vienes a almorzar a casa?
—Sí, mamá. ¿Hace falta algo?
—Sí, corazón… me faltan unas pecanas para los tallarines verdes. No te olvides, cielo.
Sonreí apenas.
—Está bien. Ya voy.
—Y no tardes. Tu padre ya preguntó dos veces por ti.
Solté una pequeña risa nasal.
—Eso significa que tiene hambre.
—Exactamente.
Colgué y me dirigí al supermercado. Era un lugar común, rutinario, pero aun así no lograba sentirme tranquila. Nunca lo hacía. Había aprendido a estar alerta incluso en los espacios más simples.
Las puertas automáticas se abrieron frente a mí y el aire frío del lugar me envolvió de inmediato. Tomé un carrito y avancé por los pasillos iluminados, escuchando conversaciones ajenas, ruedas rechinando y música suave sonando desde algún rincón.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Tomé las pecanas… y, sin darme cuenta, empecé a llenar el carrito con cosas innecesarias. Una caja de cereal que nunca comía. Galletas. Té. Chocolate amargo.
Era una costumbre: distraerme para no pensar.
Para no recordar.
Porque cuando mi mente tenía silencio suficiente, los recuerdos aparecían.
Y yo odiaba los recuerdos.
Me detuve frente a una refrigeradora y observé mi reflejo en el vidrio.
Cabello miel cayendo sobre mis hombros.
Ojos verdes cansados.
La misma expresión agotada de siempre.
A veces me preguntaba en qué momento me había convertido en alguien que parecía estar huyendo incluso cuando estaba quieta.
Suspiré y seguí caminando.
Quince minutos después, pagué las cosas y salí del supermercado.
El sol de mediodía golpeó mi rostro apenas crucé las puertas.
Y entonces todo ocurrió rápido.
Choqué contra alguien.
Un cuerpo firme, alto… demasiado cerca.
Perdí el equilibrio y caí al suelo.
Por un segundo, el aire se me fue.
Mi corazón empezó a latir con fuerza, descontrolado, como si mi cuerpo recordara algo antes que yo.
Lo siguiente fue automático: tensión en los hombros, manos frías, respiración corta.
Miedo.
—Disculpa, no fue mi intención —escuché.
No lo miré.
No podía.
Intenté levantarme sola, pero una mano sujetó mi brazo.
Fue suficiente.
Un contacto inesperado. Fuerte.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Me solté de golpe.
—No me toques.
Mi voz salió más dura de lo que esperaba, más rota también.
El silencio que siguió me hizo darme cuenta de lo brusca que había sonado.
Aun así, no pude arrepentirme.
Él retrocedió ligeramente.
—Solo intentaba ayudarte…
—Con permiso.
No esperé respuesta. Tomé mis cosas y me alejé rápido, como si quedarme un segundo más fuera peligroso.
Porque lo era.
No por él.
Por mí.
Por lo que aún vivía dentro de mí.
Mis pasos sonaban apresurados sobre el pavimento mientras intentaba recuperar el aire.
Odiaba reaccionar así.
Odiaba sentirme débil.
Asustada.
Rota.
Pero algunas heridas no desaparecían solo porque el tiempo pasara.
Estos años me habían cambiado. No… me habían moldeado a golpes, a gritos, a silencios que dolían más que cualquier palabra.
Había aprendido a no mirar a los ojos, a no confiar en voces suaves, a no creer en disculpas.
Porque al inicio… todo siempre era así.
Dulce.
Cuidadoso.
Perfecto.
Hasta que dejaba de serlo.
Y yo… ya no estaba dispuesta a caer otra vez en esa mentira.
Apreté la bolsa con fuerza y seguí caminando sin mirar atrás.
Aunque, por alguna razón… sentía que ese encuentro no había terminado ahí.
Tal vez fue la sensación incómoda recorriéndome la espalda.
O quizá la forma en que mi corazón seguía alterado incluso después de alejarme.
Intenté ignorarlo.
Seguí caminando hacia el estacionamiento.
Entonces ocurrió.
La bolsa de papel cedió de repente.
—No, no, no…
El fondo se rompió y las compras cayeron al suelo.
Las pecanas rodaron por todas partes.
Cerré los ojos un segundo, derrotada.
—Definitivamente este no es mi día.
Me agaché rápido para recoger todo antes de llamar más atención de la necesaria.
Pero una pequeña pecana desapareció frente a mí.
Hola chic@s no olviden darle like y comentar que les parece. Si gustan seguirme me harían muy feliz, subiré mis creaciones por este medio. Un abrazo y buen fin de semana.
Editado: 17.06.2026