Frunció el ceño.
Una risita infantil sonó cerca.
—¡Yo la encontré!
Evangeline levantó la vista.
Un niño pequeño sostenía la pecana en alto como si hubiera descubierto un tesoro. Tenía el cabello oscuro y unos enormes ojos azules llenos de emoción.
Y junto a él, otro niño exactamente igual intentaba atrapar más.
Gemelos.
—No corran —dijo una voz grave detrás de ellos.
Su cuerpo se tensó automáticamente.
No.
No podía ser él otra vez.
Pero lo era.
El hombre del supermercado apareció unos segundos después, acercándose con calma. Alto. Demasiado alto. El cabello negro ligeramente despeinado y esos ojos azules imposibles que parecían demasiado claros bajo la luz del mediodía.
Evangeline apartó la mirada enseguida.
—Perdón —dijo él mientras tomaba una de las bolsas caídas—. Parece que hoy el universo quiere hacernos chocar otra vez.
Ella no respondió.
Uno de los niños se acercó a ella y le entregó la pecana con orgullo.
—La rescaté para ti.
Evangeline parpadeó.
El pequeño sonreía como si aquello fuera la misión más importante de su vida.
Y algo dentro de ella… cedió apenas un poco.
—Gracias —murmuró suavemente.
—¡Yo también ayudé! —protestó el otro niño desde el suelo, abrazando dos manzanas contra su pecho.
Luke soltó una pequeña risa.
Y ese sonido la desconcertó más de lo que debería.
Porque no encajaba con la imagen que había creado de él.
No parecía arrogante.
Ni frío.
Ni peligroso.
Parecía… cálido.
Lo observó sin querer mientras levantaba al niño más pequeño con facilidad.
Las mangas negras de su camiseta se tensaron sobre sus brazos y el niño rodeó su cuello riendo.
Evangeline desvió la mirada de inmediato.
No debía fijarse en esas cosas.
Nunca.
—Papá, la señorita está triste —dijo uno de los niños de repente.
El aire se quedó quieto por un segundo.
Luke miró a su hijo.
—No digas eso, campeón.
—Pero sí está triste.
Evangeline sintió un nudo incómodo en el pecho.
Los niños siempre notaban demasiado.
Se apresuró a guardar las cosas restantes en otra bolsa.
—Estoy bien.
—Claro —respondió Luke suavemente, aunque había algo en su mirada que decía que no le creía.
Y eso le molestó.
Porque no tenía derecho a mirarla como si pudiera entenderla.
Tomó la bolsa con rapidez.
—Gracias por ayudar.
Intentó marcharse.
—Espera.
La palabra bastó para tensarle los hombros.
Luke se acercó un paso, sosteniendo una pequeña cajita entre los dedos.
—Esto también es tuyo.
Era el paquete de té que había olvidado recoger.
Evangeline extendió la mano para tomarlo, pero sus dedos rozaron los de él apenas un instante.
Solo un segundo.
Uno mínimo.
Aun así, el pulso le traicionó.
Levantó la mirada sin querer.
Error.
Porque de cerca, esos ojos azules eran peores.
Demasiado claros.
Demasiado tranquilos.
Demasiado capaces de hacerla sentir observada de verdad.
Y Luke también se quedó quieto.
La chica era aún más hermosa de cerca.
Cabello color miel cayendo sobre sus hombros.
Piel suave.
Ojos verdes intensos que parecían esconder tormentas enteras.
Pero no fue eso lo que más le llamó la atención.
Fue la tristeza.
Estaba ahí incluso cuando ella intentaba esconderla.
—Gracias —dijo Evangeline rápidamente, apartándose.
Uno de los niños agitó la mano emocionado.
—¡Adiós, señorita triste!
—Ethan —advirtió Luke, aunque estaba conteniendo una sonrisa.
Por primera vez en mucho tiempo, Evangeline sintió ganas de reír.
Y eso la asustó más que cualquier otra cosa.
Apretó la bolsa contra su pecho y comenzó a caminar sin mirar atrás.
Pero incluso mientras se alejaba…
Seguía sintiendo aquellos ojos azules sobre ella.
Editado: 17.06.2026