Después del invierno

Capítulo 14

Intentó ignorarlo.

Siguió caminando hacia su auto con pasos rápidos, demasiado conscientes, como si alejarse de él fuera urgente.

Pero las voces de los niños continuaban detrás de ella.

—Papá, de verdad estaba triste.
—Tal vez perdió a su perrito.
—O sus pecanas.

Luke soltó una risa baja.

—Estoy bastante seguro de que no eran las pecanas, Noah.

Evangeline apretó los labios para contener una sonrisa.

No debía escuchar.
No debía interesarle.

Y aun así…

Lo hacía.

Llegó hasta su auto y buscó las llaves dentro del bolso con movimientos apresurados. Sus manos seguían ligeramente temblorosas, aunque ya no sabía si era por el susto del choque… o por aquellos ojos azules observándola demasiado tiempo.

Cuando finalmente encontró las llaves, escuchó pasos acercándose otra vez.

Su cuerpo se tensó automáticamente.

—Espera —dijo Luke con calma—. No voy a tocarte.

La frase la desarmó más de lo que debería.

Porque él lo había notado.

Había notado su miedo.

Evangeline levantó la mirada lentamente.

Luke se había detenido a una distancia prudente, con uno de los niños dormido sobre su hombro y el otro abrazado a su pierna.

La escena era absurdamente cálida.

Demasiado humana.

—Tu bolsa está rota —dijo él levantando una ceja—. Las cosas volverán a caerse antes de que llegues a casa.

Ella bajó la mirada.

Tenía razón.

El fondo de papel estaba prácticamente destruido.

—Puedo arreglarlo sola.

—No dije que no pudieras.

Y ahí estaba otra vez esa calma extraña en su voz. No sonaba arrogante. No sonaba como alguien intentando imponer algo.

Solo… tranquilo.

Evangeline odiaba que eso le resultara tan desconcertante.

Luke abrió la puerta trasera de su camioneta y sacó una bolsa reutilizable.

—Toma.

Ella dudó.

Mucho.

—No tienes que devolvérmela —añadió él.

—No acepto cosas de extraños.

Uno de los niños levantó la cabeza inmediatamente.

—Papá no es extraño. Se llama Luke.

Evangeline parpadeó.

Luke soltó una pequeña risa cansada.

—Gracias por la presentación, campeón.

—De nada.

El niño volvió a sonreírle a Evangeline.

Y otra vez… algo dentro de ella se suavizó sin permiso.

Tomó la bolsa lentamente.

—Gracias.

—Ves, Noah. La señorita sí habla.

—Y no está tan triste ahora —susurró el pequeño, convencido.

Evangeline sintió un nudo inesperado en la garganta.

Porque hacía mucho tiempo que nadie intentaba verla más allá de sus silencios.

Luke también pareció notarlo.

La observó durante unos segundos, esta vez con más atención. Como si estuviera tratando de resolver algo imposible.

—¿Siempre huyes así de las personas que intentan ayudarte? —preguntó finalmente.

La pregunta cayó demasiado cerca de algo real.

Evangeline sostuvo la bolsa con más fuerza.

—¿Y tú siempre haces preguntas personales a mujeres que acabas de conocer?

Luke sonrió apenas.

Y Dios.

No debería verse así cuando sonreía.

—Solo a las que me gritan “no me toques” en un supermercado.

Ella sintió el calor subirle al rostro inmediatamente.

—Yo no te grité.

Luke inclinó ligeramente la cabeza.

—Claro.

—No fue para tanto.

—Me traumaste un poco, la verdad.

Evangeline lo miró finalmente.

De verdad.

Y por primera vez notó detalles que antes había ignorado: la pequeña línea de cansancio bajo sus ojos, la forma en que sostenía automáticamente al niño dormido para que estuviera cómodo, la paciencia tranquila con la que hablaba.

No parecía alguien peligroso.

Y quizá eso era lo que más miedo le daba.

Porque las personas peligrosas rara vez parecían serlo al principio.

Luke notó cómo ella volvió a encerrarse en sí misma.

Lo hacía de repente.
Como una puerta cerrándose.

Y no entendía por qué eso le molestaba tanto.

No conocía a esa mujer.

Ni siquiera sabía su nombre.

Pero había algo en sus ojos verdes que no conseguía ignorar.

Algo triste.

Algo roto.

Algo que él conocía demasiado bien.

—Papá, ¿podemos llevarla a comer helado? —preguntó Noah de repente.

—¿Qué? —Luke soltó una risa.

—La gente triste necesita helado.

Evangeline abrió los ojos sorprendida.

Luke suspiró dramáticamente.

—Mis hijos creen que el helado resuelve cualquier problema emocional.

Y antes de que pudiera evitarlo…

Evangeline rió.

Fue pequeña.
Suave.
Casi inexistente.

Pero Luke la escuchó igual.

Y algo en su pecho se tensó extrañamente.

Porque aquella sonrisa transformó por completo su rostro.

Como si hubiera estado demasiado tiempo escondida.

Evangeline dejó de reír apenas se dio cuenta.

Demasiado tarde.

Luke seguía mirándola.

No de una forma incómoda.

Peor.

Como si realmente quisiera recordarla.

Ella apartó la mirada de inmediato.

—Debo irme.

Luke asintió lentamente, aunque parecía no muy convencido.

—Está bien.

Uno de los niños agitó ambas manos emocionado.

—¡Adiós, señorita triste!

Evangeline dudó apenas un segundo antes de responder.

—Adiós… pequeño rescatador de pecanas.

Luke volvió a sonreír.

Y esta vez ella tuvo que obligarse a no mirarlo demasiado tiempo.

Subió rápidamente al auto y cerró la puerta con el corazón latiéndole extraño dentro del pecho.

Encendió el motor.

Pero antes de irse, levantó la vista por reflejo.

Luke seguía ahí.

Apoyado contra la camioneta.
Con uno de los niños dormido en brazos.
Observándola en silencio.

Y por alguna razón que no entendía…

Evangeline sintió que acababa de entrar en algo de lo que quizá no sabría salir.




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