Después del invierno

Capítulo 15

El camino a casa debería haber sido suficiente para olvidarlo.

Eso era lo lógico.

Solo había sido un desconocido amable ayudándola en un estacionamiento. Nada más.

Entonces, ¿por qué seguía pensando en él?

Evangeline apretó ligeramente el volante mientras el semáforo cambiaba a rojo frente a ella.

Y peor aún…

¿Por qué seguía pensando en la forma en que aquellos niños lo miraban?

Con confianza.

Con tranquilidad.

Con amor.

Como si Luke fuera un lugar seguro.

La idea le resultó absurda.

Peligrosa.

Sacudió la cabeza y bajó la vista hacia la bolsa reutilizable en el asiento del copiloto.

Todavía olía ligeramente a vainilla y jabón limpio.

Ridículo.

Completamente ridículo que estuviera notando eso.

Cuando llegó a casa de sus padres, el aroma a albahaca y queso inundó el aire apenas abrió la puerta.

—¡Por fin! —escuchó gritar a su madre desde la cocina—. Tu padre ya iba a llamar a la policía.

—Exagerada —respondió su padre desde el comedor.

Evangeline sonrió apenas.

Aquella casa siempre había tenido algo cálido. Algo tranquilo que ella había aprendido a extrañar durante los años más difíciles de su vida.

—Traje las pecanas.

—Y media tienda también, por lo visto —comentó su madre al mirar las bolsas.

Evangeline soltó una pequeña risa mientras dejaba las cosas sobre la encimera.

—Creo que perdí el control un poco.

—Eso explica tu obsesión con comprar cereal que nunca comes —dijo su hermano entrando a la cocina.

Ella tomó una servilleta y se la lanzó.

—Cállate.

Por un momento, todo se sintió normal.

Tan normal que dolía un poco.

Su madre empezó a guardar las compras mientras hablaba sin parar sobre alguna vecina nueva del barrio, y Evangeline intentó concentrarse en eso. En la rutina. En las voces conocidas.

Hasta que su madre levantó la bolsa reutilizable.

—¿Y esto?

Evangeline se quedó quieta.

Demasiado quieta.

—Ah… me la prestaron.

Su madre levantó una ceja inmediatamente.

—¿Quién?

—Nadie.

—Cuando dices “nadie” suele significar “alguien”.

—Mamá.

—¿Es guapo al menos?

—¡Mamá!

Su hermano soltó una carcajada desde el comedor.

—Ya empezó.

—Solo pregunto —dijo ella inocentemente—. Mi hija no mira hombres desde hace siglos. Déjame emocionarme.

Evangeline sintió el calor subirle al rostro de inmediato.

Y odió eso.

Porque no había ninguna razón para sonrojarse.

No le interesaba Luke.

Ni sus ojos azules.

Ni su voz tranquila.

Ni la forma en que había sostenido a su hijo dormido contra el pecho.

Ni siquiera sabía por qué seguía pensando en eso.

—Fue solo alguien del supermercado —murmuró finalmente.

Su madre la observó unos segundos más antes de suavizar la expresión.

—Bueno… sea quien sea, parece amable.

Evangeline bajó la mirada hacia la bolsa otra vez.

Amable.

La palabra se sintió extraña.

Porque durante mucho tiempo había aprendido a desconfiar precisamente de las personas amables.

Al inicio, Gabriel también había sido amable.

La idea atravesó su mente como un golpe frío.

Y de inmediato toda sensación cálida desapareció.

Su cuerpo se tensó apenas perceptiblemente.

Su madre lo notó enseguida.

Siempre lo hacía.

—Cariño… —su voz se volvió más suave—. ¿Estás bien?

Evangeline forzó una sonrisa rápida.

—Sí. Solo estoy cansada.

Mentira.

Pero era una mentira fácil.

Después del almuerzo, ayudó a recoger la mesa y subió a su antigua habitación con la excusa de descansar un rato.

Cerró la puerta detrás de ella y el silencio cayó inmediatamente.

El cuarto seguía casi igual.

Los libros acomodados en la repisa.

Las cortinas blancas moviéndose suavemente con el viento.

Las fotografías antiguas que nunca había tenido valor de guardar.

Evangeline se dejó caer sobre la cama lentamente.

Su mente volvió a él otra vez.

A Luke.

A la forma en que la había mirado cuando creyó que ella no estaba observando.

No había lástima en sus ojos.

Ni incomodidad.

Solo curiosidad.

Como si quisiera entenderla.

Y eso la inquietaba más de lo que debería.

Porque nadie intentaba entender las partes rotas de otras personas sin esperar algo a cambio.

Nadie.

Cerró los ojos con fuerza.

Necesitaba dejar de pensar en él.

Probablemente nunca volvería a verlo de todas formas.

La idea debería haberle dado tranquilidad.

Pero extrañamente…

No fue así.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Luke acomodaba a los gemelos en el sofá después de una batalla interminable para quitarles los zapatos.

—Papá.

—¿Hm?

Noah levantó la cabeza desde el sillón.

—La señorita triste era bonita.

Luke soltó una risa baja mientras abría una botella de agua.

—¿Bonita?

—Mucho —afirmó Ethan también—. Parecía princesa.

Luke negó con la cabeza divertido.

—Ustedes tienen estándares muy altos para alguien que todavía cree que las dinosaurios existen.

—Existen.

—Claro que sí, campeón.

Pero aunque intentó bromear…

La imagen de ella apareció otra vez en su mente.

Cabello color miel.

Ojos verdes cansados.

La manera en que se tensaba cada vez que alguien se acercaba demasiado.

Luke apoyó la botella sobre la cocina lentamente.

Había visto esa clase de miedo antes.

Y algo dentro de él no pudo evitar preguntarse qué demonios le había pasado a esa mujer para mirar al mundo como si siempre estuviera preparada para defenderse.

No debería importarle.

Era una desconocida.

Entonces, ¿por qué seguía pensando en ella también?




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