Después del invierno

Capítulo 40

El cielo estaba gris aquella tarde.

De esos días donde incluso el viento parecía más silencioso de lo normal.

Evangeline llevaba varios minutos de pie frente a la tumba sin moverse demasiado. Las flores blancas entre sus manos temblaban apenas mientras observaba el nombre grabado en piedra.

La señora Margaret había muerto años atrás.

Poco antes de aquella época en que Evangeline descubrió que había perdido al bebé que nunca alcanzó a conocer.

Y quizá por eso jamás encontró fuerzas para volver ahí antes.

Porque todo aquel tiempo de su vida estaba manchado de dolor.

Demasiado dolor junto.

Pero Margaret…

Margaret no merecía ser recordada así.

Porque antes de que la enfermedad la consumiera lentamente, antes de que la tristeza permanente llenara aquella casa de silencios incómodos…

había sido buena con ella.

Muy buena.

Todavía recordaba tardes enteras ayudándola a cocinar mientras Gabriel trabajaba, las conversaciones suaves en la cocina y la manera en que siempre le acariciaba el cabello diciéndole:

—Mi hijo no merece una chica tan dulce como tú.

Y al final…

había terminado teniendo razón.

Evangeline cerró apenas los ojos un segundo recordando la última vez que vio a Margaret realmente consciente.

Débil.

Cansada.

Llorando mientras le sostenía las manos.

—Perdóname por no criar mejor a mi hijo.

Aquella frase todavía le rompía algo dentro del pecho.

Porque incluso destruida emocionalmente, Margaret había sido capaz de reconocer el dolor que Gabriel dejó atrás.

Evangeline dejó lentamente las flores frente a la tumba.

Y justo cuando iba a dar un pequeño paso atrás…

escuchó una vocecita conocida.

—Evangeline…

El corazón se le tensó apenas.

Giró lentamente la cabeza.

Gabriel estaba unos metros más atrás junto a la pequeña Eva.

La niña llevaba unas flores pequeñas entre las manos y parecía confundida por el ambiente silencioso del cementerio.

Pero apenas vio a Evangeline…

corrió hacia ella.

Sin dudar.

Evangeline apenas tuvo tiempo de agacharse antes de que la pequeña la abrazara fuerte.

—Papá está llorando otra vez… —susurró Eva bajito contra ella.

El pecho de Evangeline se apretó inmediatamente.

La abrazó suave, acariciándole el cabello mientras levantaba apenas la mirada hacia Gabriel.

Y Dios.

Sí estaba llorando.

Aunque intentaba disimularlo.

Gabriel observaba la tumba de su madre completamente quieto.

Y honestamente, nunca había odiado tanto la versión de sí mismo que fue años atrás.

Porque incluso ahora, después de todo…

Evangeline seguía teniendo esa manera de querer a las personas con todo el corazón.

Eva levantó apenas la cabeza mirando las flores de la tumba.

—Papá dice que mi abuelita era muy buena.

Las lágrimas ardieron inmediatamente en los ojos de Evangeline.

Porque sí.

Margaret lo había sido.

Muchísimas veces.

Gabriel bajó apenas la mirada hacia la tumba de su madre.

La voz rota cuando finalmente habló.

—Ella preguntó por ti antes del final.

El aire abandonó lentamente los pulmones de Evangeline.

No supo qué responder.

No había nada correcto para decir en momentos así.

Solo silencio.

Dolor.

Y despedidas demasiado tardías.

Entonces escuchó voces conocidas acercándose entre los caminos del cementerio.

—Papá, creo que trajiste demasiadas flores.

—Eso no existe.

—Literalmente no puedes cargar más cosas.

Evangeline levantó lentamente la mirada.

Y el corazón se le detuvo apenas un segundo.

Luke.

Los gemelos caminaban junto a él llevando pequeños ramos de flores blancas entre las manos.

Luke fue el primero en verla.

Y automáticamente disminuyó el paso.

Porque Evangeline no había respondido mensajes ni llamadas en todo el día.

Y ahora estaba ahí.

Llorando.

Con una niña abrazada a ella.

Pero entonces su mirada pasó al hombre detrás.

Y algo dentro de él se tensó inmediatamente.

Lo reconoció.

Claro que lo reconoció.

El mismo hombre de la cafetería.

El hombre que había provocado aquel miedo extraño en Evangeline meses atrás.

El hombre frente al que ella parecía haber olvidado cómo respirar.

Luke sintió el cuerpo endurecerse instintivamente.

Automático.

Protector.

Noah fue el primero en reaccionar.

—¿Mamá?

La palabra resonó suave entre el silencio del cementerio.

Eva levantó apenas la cabeza confundida todavía abrazada a Evangeline.

Ethan también se quedó quieto mirando la escena.

Luke observó rápidamente a Gabriel otra vez.

Atento.

Midiéndolo.

Como si estuviera intentando entender qué hacía cerca de ella.

Y aunque su rostro seguía tranquilo…

Evangeline conocía demasiado bien esa mirada ya.

Luke estaba alerta.

Completamente alerta.

Evangeline se secó rápidamente una lágrima antes de levantarse despacio con Eva todavía aferrada a su mano.

—Luke…

La voz salió más débil de lo que esperaba.

Los gemelos se acercaron inmediatamente a ella.

Noah abrazó su cintura enseguida.

—Te buscamos todo el día.

Ethan la observó con preocupación.

—Pensamos que pasó algo.

Eso terminó de romperle el corazón completamente.

Luke finalmente llegó frente a ella.

Más cerca ahora.

Lo suficientemente cerca para tocarla.

Como si necesitara asegurarse de que estaba bien realmente.

Sus ojos recorrieron rápidamente su rostro húmedo por el llanto antes de hablar bajito:

—Angel… ¿estás bien?

Evangeline asintió apenas.

Pero Luke no pareció convencido.

Su mano encontró inmediatamente la parte baja de su espalda.

Firme.

Protectora.

Presente.




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