La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas cuando Luke terminó de acostar a los niños.
Noah se había quedado dormido a mitad de una explicación exageradamente dramática sobre por qué necesitaba un perro “por estabilidad emocional”, y Ethan había fingido estar dormido apenas Luke apagó la luz, aunque claramente seguía despierto.
La casa finalmente quedó en silencio.
Uno tranquilo.
Cálido.
Evangeline estaba sentada sobre la encimera de la cocina, todavía usando una de las sudaderas de Luke y sosteniendo una taza tibia entre las manos.
Parecía cansada.
No físicamente.
Algo más profundo que eso.
Luke la observó unos segundos desde el otro lado de la cocina antes de acercarse despacio.
—¿En qué piensas?
Evangeline soltó una pequeña respiración.
—En muchas cosas.
Luke se quedó frente a ella sin interrumpir.
Esperando.
Como siempre hacía.
Y quizá por eso ella terminó hablando.
Porque con él, los silencios nunca se sentían incómodos.
—Hoy vi a Gabriel… y no sentí lo mismo.
Luke no esperaba esa respuesta.
Se quedó quieto observándola mientras ella bajaba lentamente la mirada hacia la taza.
—Antes, incluso escuchar su nombre me hacía sentir pequeña otra vez. Como si todavía tuviera algún poder sobre mí.
Su voz salió suave.
Cansada.
Honesta.
—Pero hoy no.
Luke apoyó una mano a cada lado de ella sobre la encimera.
Sin encerrarla.
Solo cerca.
—¿Y qué sentiste?
Evangeline pensó unos segundos antes de responder.
Después sonrió apenas.
Una tristeza tranquila.
—Pena, supongo.
Luke entendió enseguida que no hablaba solo de Gabriel.
También hablaba de ella.
De la chica que pasó demasiado tiempo sintiéndose insuficiente.
La mandíbula de Luke se tensó apenas.
Porque honestamente…
odiaba imaginarla así.
Evangeline levantó lentamente la mirada hacia él.
—Creo que una parte de mí siguió atrapada en todo eso durante años.
Luke acomodó suavemente un mechón de cabello detrás de su oreja.
—Ya no estás ahí.
La voz firme.
Segura.
La manera en que lo dijo casi hizo que pareciera una verdad absoluta.
Evangeline soltó una pequeña risa.
—¿Siempre sabes exactamente qué decir?
Luke negó apenas.
—Solo contigo.
El corazón de Evangeline hizo algo ridículamente torpe dentro de su pecho.
Luke la observó unos segundos más antes de hablar otra vez.
Más bajo esta vez.
—Cuando te vi hoy con él…
Evangeline sintió el cuerpo tensarse apenas.
Luke lo notó enseguida.
Su mano buscó la de ella inmediatamente.
Tranquilizándola.
—No estoy enojado, Angel.
Ella relajó un poco los hombros.
Luke entrelazó despacio sus dedos con los de ella.
—Pero sí quería sacarte de ahí.
El pecho de Evangeline se apretó fuerte.
Porque claro.
Ese era Luke.
Protector sin ser controlador.
Cuidadoso sin hacerla sentir atrapada.
Luke soltó una respiración pequeña antes de admitir:
—La manera en que te vi aquella vez en la cafetería… no la olvidé nunca.
Silencio.
Evangeline recordó inmediatamente ese día.
El miedo.
La ansiedad.
La forma en que Luke simplemente se puso frente a ella sin hacer preguntas.
Luke acarició suavemente sus nudillos.
—Y hoy, cuando te vi llorando otra vez…
Negó apenas con la cabeza.
—No me importó quién era. Solo quería asegurarme de que estabas bien.
Las lágrimas ardieron inmediatamente en los ojos de Evangeline.
Porque nadie la había protegido así antes.
Nunca.
Gabriel la hacía sentir invisible.
Luke la hacía sentir cuidada.
Y la diferencia entre ambas cosas seguía pareciéndole enorme.
Evangeline susurró apenas:
—No sé cómo llegaste a mi vida.
Luke sonrió suave.
Cansado.
Bonito.
—Noah probablemente me invocó accidentalmente molestando al universo.
Ella soltó una risa pequeña, todavía emocionada.
Luke se quedó mirándola unos segundos en absoluto silencio.
Y después, muy despacio apoyó la frente contra la de ella.
El mundo pareció quedarse quieto un instante.
La lluvia.
Las luces tenues.
Todo.
—Te amo, Angel.
La voz baja.
Sincera.
Sin miedo.
Y el corazón de Evangeline literalmente se detuvo un segundo.
Editado: 17.06.2026