Después del olvido

Capítulo 2: El Olvido

El sonido constante y rítmico del monitor cardíaco fue lo primero que ancló a Ana Sofía a la realidad.

Era el único latido que reconocía como suyo al abrir lentamente los ojos, pesados como el plomo. El techo de un blanco estéril se difuminaba frente a ella, y el olor penetrante a desinfectante y antiséptico le revolvió el estómago. Una figura se inclinó sobre su cama: su madre, Clara Villaseñor, una mujer cuya elegancia era una armadura, impecable incluso en medio de la angustia, con el maquillaje intacto y el cabello recogido en un moño perfecto.

​—Gracias a Dios, hija, por fin despertaste —susurró Clara con un alivio palpable, acariciándole el rostro con dedos fríos. Luego, su expresión cambió, volviéndose más calculada. Señaló un enorme y ostentoso ramo de rosas blancas que ocupaba toda la mesita—. Jonathan te envió estas flores hermosas. No ha podido venir, ya sabes cómo es, está hasta arriba cerrando esos contratos millonarios en el extranjero. Pero piensa en ti. La alianza con los Argos es vital ahora mismo, y él está asegurando nuestro futuro.

​Ana Sofía parpadeó, la mente tan en blanco como el techo sobre ella. Las palabras de su madre flotaban sin encontrar donde anclarse. Sus labios secos y agrietados temblaron al pronunciar una pregunta que la llenó de extrañeza incluso a ella misma:

​—¿Quién… es Jonathan?

​Clara se congeló. Su mano se retiró como si hubiera tocado fuego. El alivio en su rostro se transformó en un desconcierto afilado.

—¿Cómo que quién es? —preguntó, forzando una risa nerviosa que no llegó a sus ojos—. Es tu prometido, querida. Jonathan Argos.

​La palabra prometido golpeó a Ana Sofía como un objeto físico. Sintió una punzada de algo que podría haber sido emoción, la idea romántica de un amor esperando por ella. Pero fue reemplazada de inmediato por un vacío absoluto.

—¿Mi prometido? —repitió en un susurro—. ¿Qué día es hoy?

​—Diecisiete de noviembre, 2025.

​El aire se escapó de sus pulmones en un silbido. Un año. Un abismo negro, un capítulo entero arrancado de su vida. Recordaba su cumpleaños número veintidós, la brisa del otoño, todo… pero los últimos doce meses eran un lienzo en blanco.

​La puerta se abrió de golpe y una figura familiar irrumpió, rompiendo la tensión: Isabela, su mejor amiga, con el rostro pálido y húmedo por las lágrimas. Corrió hacia ella y la abrazó con una fuerza que mezclaba alivio y desesperación.

—¡Sofi! —sollozó contra su hombro—. Gracias a Dios estás viva. He estado tan preocupada, no he salido de este hospital…

​Clara tomó su bolso de diseñador y se alisó la falda de su traje.

—Voy a buscar al médico —anunció con una solemnidad que era más bien una huida—. Necesitamos un informe completo.

​Cuando quedaron solas, Isabela la sostuvo por los hombros, sus ojos buscando los de Ana Sofía con una mezcla de tristeza y urgencia.

—Tienes que dejarlo, Sofi. Tienes que dejar a Jonathan —suplicó, su voz temblando—. Por su culpa casi mueres. Esa noche… él te provocó.

​—¿Dejarlo? No entiendo… ¿qué clase de relación tenía yo con él? No recuerdo nada.

​La voz de Isabela se quebró.

—No era una relación, Sofi. Era una obsesión. Tu obsesión. Lo seguiste como una sombra durante meses. Le rogabas, le hacías escenas de celos, te humillabas en público. La prensa amarillista hizo un festín contigo… Te destrozaban en cada titular. Y después del compromiso fue peor. Eras otra persona. Yo… yo no te reconocía.

​Ana Sofía guardó silencio, su garganta apretada por un nudo de vergüenza ajena. ¿Yo? ¿Yo hacía eso? Esa no era la mujer que ella conocía, la que había sido criada para ser fuerte e independiente.

​—Voy a por un café —dijo Isa, secándose los ojos—. Llevo dos días sin dormir, parezco un zombi. Ahora vuelvo.

​Sola de nuevo, Ana Sofía giró la cabeza hacia la mesita. Junto a las flores estaba su teléfono, con la funda rosa raspada por el impacto. Su corazón se encogió: la prueba estaba ahí. Con manos temblorosas lo tomó. La pantalla se iluminó, revelando un fondo de pantalla que no recordaba: una foto borrosa de un hombre de perfil. Abrió los mensajes. Y allí estaban. El contacto: “Mi Amor”. Ella, rogándole. Él, respondiendo con una indiferencia cruel y cortante.

​"Déjame en paz."

"Estás cansándome, Ana Sofía."

"No voy a verte. Tengo cosas más importantes que hacer."

​Las lágrimas brotaron, ardientes y silenciosas, manchando las sábanas blancas del hospital. Esa no era ella. No podía serlo.

​La puerta se abrió de nuevo, pero no era Isabela. Una mujer joven, de una belleza fría e implacable, entró con un andar altivo. A su lado, una mujer mayor con la misma expresión arrogante. El intenso perfume de la joven llenó la habitación.

—Así que era cierto lo del accidente —dijo la recién llegada con una sonrisa llena de veneno—. Con tantos dramas que armas, pensé que era otro de tus teatros para llamar la atención.

​—¿Quién eres? —preguntó Ana Sofía, la voz rota.

​—Renata Alvarenga —respondió con una dulzura cruel—. El verdadero amor de Jonathan. ¿No lo sabías? Qué pena. Mientras tú lo perseguías como una sombra patética, él estaba conmigo. La noche de tu supuesto accidente… él jamás iba a reunirse contigo. Estaba cenando con mis padres y conmigo. Celebrando nuestro futuro.




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