Después del olvido

Capítulo 4: Cadenas Invisibles

Los últimos días en el hospital fueron un purgatorio de silencio y sábanas blancas. Ana Sofía despertaba cada mañana con la absurda esperanza de ver un mensaje en su móvil, escuchar la voz de Jonathan al otro lado de la línea o encontrarlo, arrepentido, junto a su cama. Nunca sucedió. En la mesita de noche, las rosas blancas que supuestamente él había enviado comenzaron a marchitarse, sus pétalos cayendo como promesas rotas. Eran un recordatorio constante, una ironía cruel. Jonathan Argos no había estado allí. Ni una visita. Ni una llamada.

​Quien sí había aparecido fue su amante, para restregarle en la cara la verdad de su humillación. Y también, en un recuerdo que se sentía febril y extraño, había estado ese otro hombre. León. Su pañuelo, ahora limpio y doblado, estaba guardado en el bolsillo de su abrigo como un secreto, un ancla en medio de la tormenta.

​Cuando le dieron el alta, salió caminando del hospital con la frente en alto, una reina destronada pero no vencida. Por dentro ardía una rabia fría y lúcida que nunca antes había sentido. La brisa de Aurum, cargada del olor a asfalto mojado, le golpeó el rostro mientras subía al coche. Su madre intentaba sonreír y hablar de trivialidades, pero Ana Sofía estaba tan rígida como una estatua de hielo, su mirada fija en los rascacielos que se alzaban como las barras de una jaula dorada. Nadie se atrevió a hablarle en el resto del trayecto.

​Al llegar a Mendoza House, la imponente mansión familiar, ignoró a su madre y pidió ver a su padre. Fernando Mendoza la esperaba en su despacho, un santuario de caoba y cuero donde el afecto familiar siempre había cotizado por debajo de los acuerdos comerciales.

​Ana Sofía entró sin esperar invitación, con la determinación de alguien que ha decidido dejar de arrastrarse.

—Padre, quiero terminar mi compromiso con Jonathan Argos. No pienso casarme con ese hombre.

​Fernando levantó la vista de sus documentos, la sorpresa apenas velando su irritación.

—Ana Sofía, no digas tonterías. Has pasado por un accidente traumático, tu memoria está frágil. No estás en condiciones de tomar decisiones.

​—¡Estoy en perfectas condiciones para reconocer el abandono y la humillación! —replicó ella, y se sorprendió del poder en su propia voz, una fuerza que no recordaba poseer—. Estuve a punto de morir y ni un solo día vino a verme. ¡Ni uno! ¿Y sabes quién sí tuvo la amabilidad de visitarme? ¡Su amante! Esa mujer entró a mi habitación solo para burlarse de mí. ¿Ese es el hombre al que debo llamar esposo?

​El rostro de Fernando se endureció, la máscara de padre preocupado se desvaneció.

—Controla tu histeria, Ana Sofía. No puedes cancelar un compromiso de esta magnitud por un arrebato emocional. Es una alianza estratégica, un acuerdo que protege el legado de esta familia.

​Ella apretó los puños, las uñas clavándose en sus palmas.

—No me importa la estrategia. No me casaré con un traidor que me deja tirada en un hospital mientras se divierte con otra. Pude haber muerto, y para él fue como si nada.

​—En pocos días cambiarás de opinión —decretó Fernando, con la severidad de quien no concibe ser desobedecido—. Cuando recuperes la memoria, entenderás el valor de este compromiso.

​—No, padre —respondió ella, su voz ahora firme y helada, mirándolo directamente a los ojos—. Aunque recuerde cada segundo de este último año, mi decisión no cambiará. Jonathan Argos no me ama ni me respeta. Y yo he terminado de rogar por las migajas de nadie.

​Dicho esto, Ana Sofía se dio media vuelta y salió del despacho, dejando tras de sí un silencio atronador y el suave aroma de su perfume, ahora un aroma de rebelión.

​Cuando Fernando se quedó solo, se levantó y marcó un número que sabía de memoria.

—Gregory… tenemos un problema —dijo, su voz fría como el acero—. La negligencia de Jonathan está poniendo en riesgo la alianza. Mi hija está convencida de romper el compromiso. Y para colmo, la amante de tu hijo tuvo la audacia de visitar a Ana Sofía en el hospital.

​Del otro lado, la voz de Gregory Argos sonó tensa.

—Considera el problema resuelto, Fernando. Déjamelo a mí.

​Colgó de inmediato. La ira le endurecía la mandíbula.

—¡Jonathan! —rugió.

​Minutos después, Jonathan entró, impecable, el rostro una máscara de fría indiferencia.

—¿Sucede algo, padre?

​—Lo que sucede es que tu arrogancia está a punto de costarnos el imperio —siseó Gregory, sus ojos fríos como cuchillas—. El trato con los Mendoza pende de un hilo. Tu prometida quiere cancelarlo todo porque eres incapaz de mantener a tus mujeres bajo control.

​Jonathan frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

​—¡Tu amante, Jonathan! —escupió Gregory—. Renata Alvarenga fue al hospital a humillar a Ana Sofía. ¿Eres consciente del desastre que eso supone?

​Un brillo de furia cruzó los ojos de Jonathan.

—Hablaré con Renata.

​—No hablarás. La dejarás —ordenó Gregory, señalándolo con un dedo—. Esa mujer no tiene el estatus, el apellido ni la estructura empresarial que necesitamos para sanear nuestro capital. Ana Sofía Mendoza es la llave. Su reputación intachable es la fachada perfecta.




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