En una pequeña colina, una brisa agradable recorría el lugar, el sol daba el calor justo para no odiarlo, sino para sentirse cálidamente abrazadas por él. Aunque las dos chicas amaban ese sol suave y cálido que había en el lugar, sabían que el verdadero calor no venía de los rayos de aquel atardecer, sino de estar juntas. Esa sensación era algo difícil de poner en palabras, una que no se explica con lógica.
La más bajita de cabello rizado se recostó entre los brazos de la otra, dejando que sus respiraciones se sincronizaran. La otra le acariciaba el cabello distraídamente, jugando con los mechones curvos que se movían con la brisa. Todo se sentía tan tranquilo que parecía que el mundo entero se había detenido para ellas.
Ninguna de ellas hablaba, no hacía falta. Entre los rayos cálidos del sol, las corrientes del viento y el roce de sus manos que se buscaban entre sí, las dos sabían que no necesitaban nada más para sentirse en paz.
—Eres tan suavecita —murmuró la chica de rizos rompiendo aquel silencio.
La otra chica no respondió de inmediato; dejó que el silencio flotara un momento mientras una sonrisa se le escapaba.
—Me gusta esta brisa, me hace sentir muy cómoda —respondió, dejando escapar una pequeña risa.
—¿La brisa, eh? —replicó, abriendo un ojo con gesto travieso —. Y yo pensando que te gustaba más estar conmigo —añadio para incorporarse y darle la espalda a la chica fingiendo molestia.
Ella soltó una suave risa al verla actuar así, pero al mirarla, algo en su pecho se apretó.
—Me gusta la brisa, pero me gustas mucho más tú —susurró, abrazándola por la espalda.
Al sentir los brazos de la chica, no pudo evitar esbozar una sonrisa y subió sus manos para concectarlas con las manos de su novia.
Los rizos de la chica se movieron cuando soltó finalmente una suave risa, giró su rostro hacia ella. Rozando la nariz de su chica con uno de sus dedos de una forma suave y juguetona.
—Si algún día lo olvidas, no te lo repetiré dos veces— dijo— si de verdad me amas... no deberias necesitarlo—
Por un momento ella se detiene, lo que decía su novia le hizo un ruido raro en el cuerpo, una sensación de familiaridad. Aunque no le tomó atención a esta sensación y decidió responderle a su novia con una sonrisa ante sus palabras ya que tenía clara su respuesta.
—Oye... —dice bajando la voz para apoyarse en el cuello de la otra, bajando sus brazos a la cintura de su novia —. Ni aunque quisiera podria sacarte de mi cabeza ma puce—dijo mientras sus palabras chocaban suavemente con la piel y los rizos de su chica.
Ella se separa del cuello al sentir como los rizos se mueven para dar paso a la cara de la chica, revelando un ligero rubor en sus mejillas. Al cruzar sus miradas por un instante el mundo pareció reducirse solo a esos ojos de tonos cálidos que brillaban con la luz suave del atardecer. Instintivamente ambas cerraron sus ojos para unir sus labios y algo dentro de ella florecía sin control. Tal vez por eso, el simple pensamiento de perderla le heló el pecho.
Y justo al separarse, algo cambió inesperadamente. Ella no sabría decir exactamente el que cambiaba en aquel momento, solo sentía que el aire empezó a sentirse distinto, un poco más denso, y el sol pareció esconderse detrás de una nube densa que antes no estaba.
— Hey —dijo, apenas en un susurro.
Su voz no sonó como esperaba o quizás sí, pero ella no lograba escucharse. Volvió a tratar de hablar e incluso decir el nombre de su chica más fuerte y fue entonces cuando lo notó: el sonido a su alrededor se apagaba volviéndose más lento al igual que su propia voz, la brisa dejaba de sentirse cálida comenzando a sentirse fría y la atmósfera entera empezó a distorsionarse.
¿Siempre me amarías?
Resonó como un eco una voz que surgió del vacío que se formaba en el campo. No era suya aquella voz, tampoco era de su chica, pero aquella voz la escuchó tan clara como si alguien la hubiera susurrado justo en su oído.
Los colores de aquel atardecer empezaron a apagarse poco a poco, como si alguien bajara la intensidad y el color del mundo. La brisa cortante y el aire se volvía cada vez más pesado, sentía que respiraba, pero que no le alcanzaba a sus pulmones. El cuerpo completo sentía que le pesaba, sobre todo las piernas, como si la gravedad hubiera aumentado radicalmente que volvia a su cuerpo débil e inútil.
La chica a su lado comenzó a disiparse con el ambiente, trató de moverse, de decir algo, pero todo se sentía lento y confuso. Las voces a su alrededor se mezclaban entre murmullos que apenas entendía, y por unos segundos pensó que se estaba ahogando, que el aire simplemente había desaparecido. Eventualmente su gusta comenzó a ser borrosa, ella no podía hacer nada.
—Gema... —
Una voz más madura, desconocida y triste se coló entre los ecos.
—¿Por qué me olvidaste? —
Su corazón empezó a golpearle el pecho como si quisiera escapar, todo giraba. Los murmullos se volvieron aún más cercanos, pero siendo inaudibles repitiéndose una y otra vez, hasta que el aire desaparecio por completo...
Despertó sobresaltada, exaltada y asustada. Tenía el cuerpo húmedo y las manos completamente heladas. Llevó una de sus manos al pecho y sintió su corazón descolocado por la sensación de ahogarse. Cerró los ojos, tratando de calmarse.
—Ese sueño... —murmuró.
No recordaba que estaba soñando pero tenia muchas preguntas en su cabeza. Intentó pensar que había soñado, sin embargo, solo lograba recordar un mundo gris y borroso a la vez que asfixiante. Un mareo repentino la obligó a sentarse al borde de la cama, cerró los ojos un momento, esperando que la sensación desaparezca gradualmente.
Cuando volvió a abrir los ojos, el cuarto estaba en silencio. Solo se oía su respiración, lenta y entrecortada por su corazón que aún latía con fuerza. El lugar en donde estaba no era el mejor: las paredes se encontraban desgastadas, el espacio era reducido y se encontraban dos camas separadas por apenas un metro de distancia. Pero, para ella, aquel sitio era lo más parecido a un hogar después de todo lo que había pasado junto a quien lo compartía.